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Y la pequeña sombra se hará mas descuidada

Seré para mí lo que otros fueron. Y mi mano impiadosa no me mitigará. Ni mis ojos sabrán verme. Ni dulzura me daré sin regateármela. Y me arrancaré toda moneda y toda luz. Me haré pobre con el designio milenario de la maldad del mundo. Apretaré mis manos que lucharán por desasirse. Cerca, el mar, acechará algo muy querido. Y soñaré que grito y no gritaré. Y gritaré más hasta romperme el corazón de angustia, hasta poder ver mis manos cómo salen de sí mismas. Muchas manos veré mientras las mías quedan atadas. Y con tremenda lentitud volveré a quererlo. A querer mis manos dos y libres, dispuestas a mi voluntad, obedientes. Cerca, el mar, por primera vez sin horizonte y sin color, Su color estará en las manos que me dejan. Que las que queden conmigo no tendrán color, como el mar. Y las convertiré en ávidas e impiadosas, en capaces de ahogar algo muy querido. Una pequeña sombra blanca y sumisa seguirá junto al mar. El mar me pedirá su color y yo se lo negaré. Y la pequeña sombra se hará más descuidada. Volveré a querer mis manos dos y libres. Y ellas seguirán atadas como las manos de los muertos. Pero las manos de los muertos se liberan. Las libera Dios que retrocedió el mar. Así liberará Él las mías, que quedarán dos y libres. Y aquellas que salieron de mí me perdonarán porque serán perdonadas; por toda moneda que les robé, por toda luz que les mentí. Y sonreirán ante las manos suyas obedientes que sufrieron atadas hasta que Dios las separó. Lejos, el mar. Lejos, el designio milenario de la maldad del mundo. Cerca, mis manos, dos y libres, generosas, azules, obedientes. Y, otra vez, ¡el horizonte!

📖Reseña y Análisis Literario

El poema de Ana Inés Bonnin explora la fractura del yo, retratando una lucha existencial profundamente dolorosa entre el deseo de autonomía y el peso de una alienación impuesta. La voz lírica se enfrenta a un desdoblamiento donde sus propias manos —símbolo de la capacidad de acción y creación— se le vuelven ajenas y hostiles. El texto se estructura como un proceso de autonegación y sufrimiento, donde la autora se impone una austeridad emocional casi ascética, arrebatándose la «luz» y la «moneda» como una forma de castigo autoimpuesto que refleja la maldad del mundo exterior. La angustia se condensa en la imagen de manos atadas que intentan escapar de su cuerpo, una representación de la parálisis ante la vida y el deseo reprimido. A medida que avanza el poema, el mar actúa como un espejo desolado, desprovisto de horizonte, que subraya el aislamiento. No obstante, la obra concluye con una nota de trascendencia; el sufrimiento y la parálisis terminan siendo redimidos por una intervención divina que otorga libertad y coherencia al ser. Es un poema sobre el perdón, la reconciliación con uno mismo y la restauración de la capacidad de sentir y actuar generosamente. La atmósfera, inicialmente opresiva y existencialista, se transforma hacia el final en una epifanía donde la paz, el color y el horizonte recuperado simbolizan la sanación del alma tras el largo calvario de la fragmentación interna.

🏛️Contexto Histórico

Ana Inés Bonnin es una poeta argentina cuya obra se inscribe en la tradición lírica que explora la subjetividad, la introspección y la angustia existencial. Su escritura suele reflejar una sensibilidad influenciada por la complejidad de las crisis personales y la búsqueda de sentido en un mundo que a menudo se percibe como hostil o desprovisto de trascendencia. Aunque su trayectoria es menos masiva que la de otras figuras contemporáneas, su poesía se vincula con la tradición latinoamericana de la introspección metafísica, donde el 'yo' lírico se mide constantemente frente a lo divino y la precariedad de la condición humana.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema emplea principalmente metáforas visuales y simbólicas: las 'manos' actúan como una metonimia del yo y su capacidad de agencia. Se observa una marcada anáfora (repetición de 'Y' o 'Ni') que enfatiza el ritmo acumulativo de la desesperación. El mar es el símbolo central, que pasa de ser un acechador sin horizonte a un elemento que finalmente recobra su color, representando la psique de la autora. Existe una clara personificación de las manos, que actúan con voluntad propia. En cuanto a la métrica, se aleja del verso medido tradicional, optando por un verso libre con cadencias irregulares que imitan el pulso de la angustia y el alivio. El recurso de la 'pequeña sombra' añade una capa de despersonalización, tratando a esa parte del ser como un ente externo y vulnerable.

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