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Dibujo de la fuga (III)

Y regresé por una carta dulce que era medio llamada y medio eco. Resbala el aire como un río de oro; sube en el agua aquel azul pequeño. El mismo abrazo se me da en los árboles, con su aroma indefenso; el mismo amor, la misma casa mía en ángeles terrestres. Olvido la ciudad porque es verano y tengo mis almendros; una nube trivial me entrega, ahora, bailarinas esbeltas. Nada ha cambiado, nada...Todo espera al corazón que vuelve sobre aldeas menores, sobre infancias de contenidos cielos. No hay horas en el tiempo, cada instante es eterno y es breve. Voy por mis ojos a la piel del mundo y al mundo de mi cuerpo. ¿Quién me dio esta palabra iluminada que sin sonar ya suena? ¿Este secreto de florales bosques rodeados de silencio? La golondrina de horizontes rojos sobre mí va cayendo... ¿Qué distancia pulsante y consumida me derrama en su vuelo? Hay un algo que espera no sé dónde; una escondida puerta: puerta de azar para vivir relámpagos o navíos o hielo. Alcanzo mi camino y no lo alcanzo. ¡Desatadme los miedos! Tengo una cita con la luz lejana. Con el mar de mis muertos.