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Valle Roseau

(Para George Odlum) Una palada de mirlos salió disparada desde el borde de la carretera y la memoria trinó retrocediendo más allá de la estremecida apisonadora que asfaltaba el camino este amanecer a través de Roseau hasta la fábrica de azúcar, que rugió al detenerse, y del eco cada vez más amplio de la caña, cuando solían cultivarla en este dulce valle; entonces, desde las flechas de las cañas, salieron disparados los mirlos, andanada tras andanada de acólitos, convirtiendo todos los días en domingo tras la huelga. Ahora no hay luz en la fábrica abandonada. Las vagonetas se oxidan sobre vías muertas. Se empezó a cultivar el plátano y el paraíso de un muchacho cayó segado en gavillas de aleluyas. Entre angostas trochas la hierba se espesa. Un cruce esperará en vano el paso de las viejas estrofas de hierro con su fragante carga. El techo galvanizado y descolorido de la fábrica cede. Las planchas combaten las palanquetas del viento que arrancan sus últimos clavos, pero la capilla de Jacmel, cuyas oraciones encadenan delicadamente las muñecas unidas de los trabajadores (sus hombros aún doblados como la susurrante caña, sea cual sea la cosecha), sigue siendo tan vieja como el valle, y la letanía fluye con el acento de melaza de los sacerdotes locales, no los de Bretaña o Alsacia-Lorena. El incienso sigue el mismo camino que el humo de carbón vegetal sobre una colina que conecta Roseau con el paraíso, pero la fábrica perdió el aliento. ¡Cuán verde y dulce la conservé junto a mi envejecida alma! Resplandece aunque un fornido viento la ha barrido con su impalpable guadaña, pero ¿a dónde condujeron mis líneas? No aportaron consuelo como los sacerdotes franceses o el Himno de los Trabajadores, que disociaba el paraíso de un incremento salarial, ese lenguaje ofrecía un amor que sólo unos pocos podían leer, a cambio de unas monedas de cobre, sólo aquellos labradores que compartían los beneficios de la comunión o del sindicato. ¿De qué sirvieron a esa amable gente del valle mis loas a su serena luz verde? Sobre las chimeneas y las chabolas se cerró y oscureció el puño de una nube gesticulando ante los relámpagos de crepitantes, amplificados discursos que dieron paso a un rugido de lluvia procedente de las acequias de riego, y la inundación convocadora de camisas se embalsó con toda su fuerza en torno a las puertas de la fábrica, desviándose después desconcertada, sin saber qué camino seguir. Todos los espantapájaros surgidos de la cuneta con un grito crucificado habían de alarmar a la sirena de la fábrica o al ojo del campanario, hasta que, como las desarrapadas cañas una vez quemada la cosecha, sus calcinados tallos fueron aplastados de nuevo por la Iglesia y el Gobierno, pero un lunes marcharon ocupando toda la carretera, con gavillas en el puño, mientras las motocicletas de la policía ronroneaban junto a ellos en dirección a la sede del gobierno, y el río moreno fluyó colina arriba, su griterío serpenteó en torno al Morne, abandonando a su suerte a la vieja fábrica de azúcar para que se ocupara de la caña ella sola. Mi mano compartía la inquietud de los trabajadores, pero ¿cuáles eran sus poderes ante esos andrajosos peones que pasaban las hojas de mi Libro de las Horas? Los demonios enseñan los dientes en una bandera y el humo se eleva en espirales sobre un turiferario, el aliento del dragón del opio hace un Lenin de Lucifer. La sombra de guadaña de una bandera segadora recorre los campos de cereales, la caña partió con la flecha del mirlo, y, junto con su cosecha, ¿qué desapareció? ¿Mi fantasía que en tiempos la convirtió en «trigo oriental e inmortal» o el peso de la indiferencia? ¿Pero era realmente un reino diferente el mío? Las mitras y los peones pueden desplazar las sombras de un cambio de régimen sobre las casillas de los campos, pero mi regalo, que no puede recompensar suficientemente a esta isla, que no aportó una comunión de las lenguas, cuya mano izquierda nunca apretó las gavillas en unión, sigue exudando la resina que gotea de la cálida axila de una colina, mientras mi elección del camino va emergiendo de los anfiteatros del mar para inhalar un vigorizante horizonte por encima de los campanarios o las chimeneas donde el latido de la apisonadora muere en el aire indivisible, azul.