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Petición y ofrenda

I La media noche Detuvo sus andares Junto a un leve murmullo de pupilas. Después? Un buceo lentísimo, Un sondeo profundo en aguas verdes, En verde clorofila Poseedora de una luz magnífica. Un viaje lento, de canoa suave, Hacia las luminosas oquedades del espíritu. II Es cierto que he llegado un poco tarde. Es cierto Que no estuve ante tus lágrimas Y que arribo con años de retraso Para entender el cauce de tu llanto Que se enrolla en potentes espirales Y se adentra en el vértigo, En sí mismo. Es cierto que tus manos fueron solas Por el camino de las adivinanzas, Que hay historias de gnomos que no oíste, Que llevas mil preguntas escondidas Y canciones de sueños mutiladas. También es cierto que, De alguna manera, Has visto el rostro de la desesperanza. Palpaste muy temprano El calor de las piedras del camino ? y fuiste sin sandalias. En la edad de la aurora Tormentas pequeñísimas generaron violentos huracanes Y vives la ambivalencia de la hoja: Marcharse con el viento O agarrarse con desesperación a la rama En espera de un tiempo más dorado. III ¡Si tan sólo yo hubiera llegado antes! Si tan sólo en el verde de mi entraña Hubieras blasonado tu linaje, Esta oscura marea en que me agoto Sería rumor de ángeles Y el temblor vacilante de mis manos Poesía terminada. Si tan sólo yo hubiera llagado antes Al encuentro genuino de tus pasos Hubiéramos unido soledades Para hacerle un altar a la esperanza. IV Una de las cosas más claras que aprendí En la escuela de los caminos que anduve Es que siempre se puede Poner fuera de lugar a la desesperación. Aprendí también que el llanto y la sonrisa Hay que llevarlos sobre pleno rostro, Sin ocultar con máscaras ambiguas El tropismo natural de la raíz íntima. Aprendí que es posible volver sobre los pasos Para encontrar el medallón perdido Y hacerlo refulgir en la garganta. Aprendí que en el espacio entre dos soles Hay un remanso de hondo pensamiento; Que cada noche es ?este día? una vez, Que cada día es ?este día?, también sólo una vez, Y que es posible alcanzar La luz agotada del ocaso Y renacer con ella la mañana siguiente. Aprendí que no es el tiempo que encierra la pupila Lo que la hace sabia y cercana: Es más bien la posibilidad de mirar cara a cara En otros ojos Lo que le da la fuerza para salvar Y salvarse, Para reconstruir, Para crecer, Para vivir en la exacta dimensión De lo que piden las fuerzas humanas. Aprendí, finalmente, Que entre las cosas que nos hieren Flota una Presencia Suave Que conoce el volumen del grito desgarrado.

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