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Los amorosos

Los amorosos callan. El amor es el silencio más fino, el más tembloroso, el más insoportable. Los amorosos buscan, los amorosos son los que abandonan, son los que cambian, los que olvidan. Su corazón les dice que nunca han de encontrar, no encuentran, buscan. Los amorosos andan como locos porque están solos, solos, solos, entregándose, dándose a cada rato, llorando porque no salvan al amor. Les preocupa el amor. Los amorosos viven al día, no pueden hacer más, no saben. Siempre se están yendo, siempre, hacia alguna parte. Esperan, no esperan nada, pero esperan. Saben que nunca han de encontrar. El amor es la prórroga perpetua, siempre el paso siguiente, el otro, el otro. Los amorosos son los insaciables, los que siempre -¡que bueno!- han de estar solos. Los amorosos son la hidra del cuento. Tienen serpientes en lugar de brazos. Las venas del cuello se les hinchan también como serpientes para asfixiarlos. Los amorosos no pueden dormir porque si se duermen se los comen los gusanos. En la oscuridad abren los ojos y les cae en ellos el espanto. Encuentran alacranes bajo la sábana y su cama flota como sobre un lago. Los amorosos son locos, sólo locos, sin Dios y sin diablo. Los amorosos salen de sus cuevas temblorosos, hambrientos, a cazar fantasmas. Se ríen de las gentes que lo saben todo, de las que aman a perpetuidad, verídicamente, de las que creen en el amor como una lámpara de inagotable aceite. Los amorosos juegan a coger el agua, a tatuar el humo, a no irse. Juegan el largo, el triste juego del amor. Nadie ha de resignarse. Dicen que nadie ha de resignarse. Los amorosos se avergüenzan de toda conformación. Vacíos, pero vacíos de una a otra costilla, la muerte les fermenta detrás de los ojos, y ellos caminan, lloran hasta la madrugada en que trenes y gallos se despiden dolorosamente. Les llega a veces un olor a tierra recién nacida, a mujeres que duermen con la mano en el sexo, complacidas, a arroyos de agua tierna y a cocinas. Los amorosos se ponen a cantar entre labios una canción no aprendida, y se van llorando, llorando, la hermosa vida.

📖Reseña y Análisis Literario

En 'Los amorosos', Jaime Sabines trasciende la lírica romántica convencional para ofrecer una ontología del deseo. El poema se aleja de la idealización para retratar al sujeto amoroso como un ser en estado de carencia perpetua, cuya esencia reside en la búsqueda inacabable y no en la posesión del objeto amado. El amor, definido aquí como una 'prórroga perpetua', se convierte en una fuerza existencial que despoja al individuo de certezas, situándolo en una zona liminal entre la locura y la lucidez. Temas como la soledad, el desamparo y la fugacidad se entrelazan mediante una voz poética que es, al mismo tiempo, compasiva y crítica. Sabines logra capturar el espanto de la finitud humana frente a la voracidad del deseo, evocando una melancolía visceral. El poema se articula como un lamento por la imposibilidad de la permanencia; los amorosos son seres nómadas que juegan a 'tatuar el humo', reconociendo que su condición es una forma de exilio. La obra no celebra el amor como plenitud, sino como un ejercicio de resistencia ante la nada, donde el llanto y el canto se confunden al final, subrayando la paradoja de vivir intensamente una experiencia que siempre se escurre entre los dedos.

🏛️Contexto Histórico

Publicado originalmente en 1951 dentro de su primer poemario 'Horal', este texto marca la irrupción de Sabines en la escena literaria mexicana. Enmarcado en una época donde la poesía tendía hacia la abstracción o el hermetismo, Sabines optó por un lenguaje coloquial, directo y confesional. Su poética surge de una visión vitalista y existencialista, profundamente influenciada por la realidad urbana de la Ciudad de México de mediados del siglo XX y la propia experiencia del autor como hombre inmerso en las contradicciones de la vida cotidiana.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema utiliza versos libres de métrica irregular, lo que acentúa la espontaneidad y la angustia del discurso. Entre las figuras destacadas, encontramos la metáfora central de la 'hidra' y las 'serpientes', que simbolizan la autopercepción de autodestrucción y el miedo. El autor emplea el polisíndeton y la repetición constante ('solos, solos, solos'; 'llorando, llorando') para enfatizar la persistencia del sentimiento. La personificación de la muerte 'fermentando' y la sinestesia al invocar olores y texturas otorgan una densidad física al texto. Es notable la enumeración caótica al describir la desesperación del amoroso, así como el uso de paradojas, como 'jugar a coger el agua' o 'tatuar el humo', que ilustran la futilidad de sus intentos.

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