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Historia de amor

Para brillar con idéntica luz los amantes se encierran, porque no saben si el mundo ha terminado su destino de lluvias y de niños, o si el mundo es un No opuesto a la integridad de sus deseos, o si el mundo no existe y entonces conviene apartarse de la nada. No son el hombre y la muchacha nocturna que buscan sótanos húmedos y oscuros para entrar y salir furiosamente. La fruta caída entre los desperdicios es tan sólo el memento de un estío pasado, y de una tierra fabulosa como las entrañas de un toro. Pero el amor hace que los amantes sean vicarios de potencias altísimas, que los mueve a la ira y a romper la pepita de los gameros ávidos de unidad, a pisarlos después con asco porque abren la senda a los números infinitos. Los amantes necesitan encerrarse, y cada uno de ellos, que se aman tanto, cuando se encuentran solos en una ola o en un palacio -penetrado de silencio- donde ninguna mano puede violar la intimidad fastuosa, comienzan a descubrir el tórax, su cintura, la risa, la cabellera criada entre delicias y se lamentan. Sí, pide la historia del amor el llanto. La risa cumo un grito retorna a la garganta y el gracioso la escucha sobrecogido y ríe, sigue riendo ante su noche. Qué ver sino los labios unidos. Luces idénticas que poco a poco dejan de ser lo totalmente otro, y en el cabello, en la cintura, sienten que allá infinito arroyo bajo el valle nada lo asible puro de la amada. ¿Adónde has visto luego que fueran los amantes? ¿Se apartan y mientras uno habla el otro llora? O se dedican a la muerte en ese día en que pensaron: ?Las mariposas vuelan para nosotros?. ¿Quieren burlarse del insigne fracaso? Es por eso reconfortante saber que todavía se muere la juventud, no llegados aquí, a la precisa madrugada, preparada, en que el hastío los deja cínicos o rompe el vuelo de su pensamiento. Felices los necios y los sabios, los engañados totalmente que mueren en la fe primitiva y los que arengan con la conciencia de un gran fraude, mirando más, mirando más.