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Ecuación de primer grado con una incógnita

En el último río de la ciudad, por error o incongruencia fantasmagórica, vi de repente un pez casi muerto. Boqueaba envenenado por el agua inmunda, letal como el aire nuestro. Qué frenesí el de sus labios redondos, el cero móvil de su boca. Tal vez la nada o la palabra inexpresable, la última voz de la naturaleza en el valle. Para él no había salvación sino escoger entre dos formas de asfixia. Y no me deja en paz la doble agonía, el suplicio del agua y su habitante. Su mirada doliente en mí, su voluntad de ser escuchado, su irrevocable sentencia. Nunca sabré lo que intentaba decirme el pez sin voz que sólo hablaba el idioma omnipotente de nuestra madre la muerte.