Ya el sol oculta su radiosa frente;
melancólico brilla en occidente
su tímido esplendor;
ya en las selvas la noche inquieta vaga
y entre las brisas lánguido se apaga
el último cantar del ruiseñor.
¡Cuánto gozo escuchando embelesado
ese tímido acento apasionado
que en mi niñez oí!
Al ver de lejos la arboleda umbrosa
¿cuál recuerdo, en la tarde silenciosa,
la dicha que perdí!
Aquí al son de las aguas bullidoras,
de mi dulce niñez las dulces horas
dichoso vi pasar,
y aquí mil veces, al morir el día
vine amante después de mi alegría
dulces sueños de amor a recordar.
Ese sauce, esa fuente, esa enramada,
de una efímera gloria ya eclipsada
mudos testigos son:
cada árbol, cada flor, guarda una historia
de amor y de placer, cuya memoria
entristece y halaga el corazón.
Aquí está la montaña, allí está el río;
a mi vista se extiende el bosque umbrío
donde mi dicha fue.
¡Cuántas veces aquí con mis pesares
vine a exhalar de amor tristes cantares!
¡Cuánto de amor lloré!
Acá la calle solitaria; en ella
de mi paso en los céspedes la huella
el tiempo ya borró.
Allá la casa donde entrar solía
de mi padre en la dulce compañía.
¡Y hoy entro en su recinto sólo yo!
Desde esa fuente, por la vez primera,
una hermosa mañana, la ribera
a Laura vi cruzar,
y de aquella arboleda en la espesura,
una tarde de mayo, con ternura
una pálida flor me dio al pasar.
Todo era entonces para mí risueño;
mas la dicha en la vida es sólo un sueño,
y un sueño fue mi amor.
Cual eclipsa una nube al rey del día,
la desgracia eclipsó la dicha mía
en su primer fulgor.
Desatóse estruendoso el torbellino,
al fin airado me arrojó el destino
de mi natal ciudad.
Así cuando es feliz entre sus flores
¡ay! del nido en que canta sus amores
arroja al ruiseñor la tempestad.
Errante y sin amor siempre he vivido;
siempre errante en las sombras del olvido..
¡Cuan desgraciado soy!
Mas la suerte conmigo es hoy piadosa;
ha escuchado mi queja, cariñosa,
y aquí otra vez estoy.
No sé, ni espero, ni ambiciono nada;
triste suspira el alma destrozada
sus ilusiones ya:
mañana alumbrará la selva umbría
la luz del nuevo sol, y la alegría
¡jamás al corazón alumbrará!
Cual hoy, la tarde en que partí doliente,
triste el sol derramaba en occidente
su moribunda luz:
suspiraba la brisa en la laguna
y alumbraban los rayos de la luna
la solitaria cruz.
Tranquilo el río reflejaba al cielo,
y una nube pasaba en blando vuelo
cual pasa la ilusión;
cantaba el labrador en su cabaña,
y el eco repetía en la montaña
la misteriosa voz de la oración.
Aquí está la montaña, allí está el río...
Mas ¿dónde está mi fe? ¿Dónde, Dios mío,
dónde mi amor está?
Volvieron al vergel brisas y flores,
volvieron otra vez los ruiseñores...
Mi amor no volverá.
¿De qué me sirven, en mi amargo duelo,
de los bosques los lirios, y del cielo
el mágico arrebol;
el rumor de los céfiros suaves
y el armonioso canto de las aves,
si ha muerto ya de mi esperanza el sol?
Del arroyo en las márgenes umbrías
no miro ahora, como en otros días,
a Laura sonreír.
¡Ay! En vano la busco, en vano lloro;
ardiente en vano su piedad imploro:
¡jamás ha de venir!
📖Reseña y Análisis Literario
En 'La vuelta de la aldea', José Rosas Moreno despliega una elegía de corte romántico caracterizada por la nostalgia del locus amoenus. El poema articula el regreso del sujeto lírico al escenario de su infancia, un espacio geográfico que funciona como un catalizador de la memoria. La estructura emocional transita desde la evocación contemplativa del paisaje —el río, la fuente, el bosque— hacia una profunda melancolía existencial al contrastar la persistencia de la naturaleza con la caducidad de la dicha humana. Temas centrales como el paso del tiempo, el desengaño amoroso (simbolizado en la figura de Laura) y la soledad del exiliado que retorna, se entrelazan para configurar una visión pesimista del devenir vital. La naturaleza, que en la juventud del autor era un refugio de plenitud, se convierte ahora en un espejo del vacío interior; el sujeto comprende que, aunque el ciclo natural se renueva perpetuamente con el retorno de los ruiseñores y las flores, la esperanza perdida es irreversible. El poema logra transmitir una sensación de desolación metafísica, donde el sujeto se reconoce como un espectro que habita un territorio ajeno a su propia identidad actual.
🏛️Contexto Histórico
José Rosas Moreno (1838-1892) fue una figura destacada de la lírica mexicana durante la segunda mitad del siglo XIX. Su obra se inscribe en la tradición del romanticismo tardío en México, periodo marcado por una introspección subjetiva y una idealización de lo rural como contrapunto al proceso de modernización. Su poesía a menudo refleja las tribulaciones de una generación marcada por la inestabilidad política y el desarraigo, utilizando la naturaleza no solo como ornamento, sino como un eje existencial para explorar el dolor personal, el duelo y la fugacidad de los afectos humanos.
✍️Figuras Literarias y Métrica
El poema emplea una estrofa de seis versos (sexteto) combinando endecasílabos y heptasílabos con rima consonante, siguiendo un esquema de alternancia rítmica que otorga musicalidad melancólica. Entre las figuras estilísticas, destaca la personificación (prosopopeya) de la naturaleza, donde el sol posee 'radiosa frente' y las flores son 'mudos testigos'. Se observa el uso recurrente de la exclamación retórica y el apóstrofe para enfatizar la desdicha del autor. Asimismo, la metáfora es central: la 'nube' que eclipsa al sol funciona como imagen del infortunio, mientras que el ruiseñor la 'cruz' y la 'tarde' actúan como símbolos del fin del ciclo vital y el aislamiento del yo poético.