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A una rosa

En catre de esmeraldas nace altiva la bella rosa, vanidad de Flora, y cuando en perlas le bebió a la aurora cobra en rubís del sol la luz activa. De nacarado incendio es llama viva que al prado ilustra en fe de que la adora; la luz la enciende, el sol sus hojas dora con bello nácar de que al fin la priva. Rosas, escarmentad: no presurosas anheléis a este ardor, que si autoriza, aniquila también el sol, ¡oh rosas! Naced y vivid lentas; no en la prisa os consumáis, floridas mariposas, que es anhelar arder, buscar ceniza. De púrpura vestida ha madrugado con presunción de sol al rosa bella, siendo solo una luz, purpúrea huella del matutino pie de astro nevado. Más y más se enrojece con cuidado de brillar más que la encendió su estrella, y esto la eclipsa, sin ser ya centella que golfo de la luz inundó al prado. ¿No te bastaba, oh rosa, tu hermosura? Pague eclipsada, pues, tu gentileza el mendigarle al sol la llama pura; y escarmienta la humana en tu belleza, que si el nativo resplandor se apura, la que luz deslumbró para en pavesa.

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