Conocí pueblos que cabían
en el vidrio de una ventana
Aldeas que copiaban los colores de las horas
-colores de frutero,
de jaula con pericos,
de aguacero pintado en las paredes.
¡La hoja de milpa custodiaba siempre los caminos!
Conocí viejas iglesias,
calaveras, cúpulas,
hornacinas, ojos huecos,
muelas de oro,
morideros de plegarias y de llantos
? o retablos
y a la hora de rezar o de dormirme
conocí el chisporroteo
de candelas apagadas con saliva.
En la infancia era posible
llevar en andas a unos ángeles con alas de hojalata,
comulgar,
cortar el pan sobre una mesa apolillada,
orinar
y examinarnos el ombligo
bajo el árbol de la plaza.
En la infancia solamente
y en los pueblos.
Detrás del centinela
espiar la noche de calabozos húmedos.
(Las cárceles y las escuelas colindaban,
a veces compartían el mismo corredor).
Aulas heladas,
ladrillos que olían a creolina;
nos vestían de soldados y marchábamos
con escopetas de palo;
detrás del pizarrón
medían las arañas
el mapamundi enrrollado?
Domingos.
Siempre domingos
porque los domingos eran iguales
a cualquier día;
el día de fiesta era un domingo grande.
Adornos de papel,
flecos, rositas que
se desteñían en las vigas
y allí permanecían,
años y años,
hasta una nueva muerte,
un nuevo aniversario,
otro bautizo,
otra boda.
Teníamos miedo a los fantasmas,
miedo a lo irreal
y nunca,
jamás nos espantó lo triste,
lo absurdo de la vida en esos pueblos polvorientos,
taciturnos,
que sueñan embriagados
de su propia ingenuidad,
de su pobreza.
¿Fantasmas? Claro que sí:
los niños que no comen,
los que mendigan,
los hombres que tienen que robar,
o matar,
o aceptar indignidades por un mísero centavo.
Los sombreros sin cabeza?
Ahora me dan frío
la viejecita gris con su gato, sus tiestos de violetas
y su desamparo;
la muchacha en el balcón -y la azucena-
que esperan impacientes
a quien ha de marchitarlas;
los hombres sin trabajo
y los que trabajan y trabajan
para su compadre rico.
Me irritan las frutas que maduran
para quien pueda comprarlas.
Viví en pueblos que cabían
en un trozo de cristal
o en el fondo de una botella de aguardiente;
viví sordo, ciego, alucinado,
atento solamente a los colores, a los trapos de anilina,
a las compresas en las sienes de los montes,
a los cofrades y sus mujeres,
azules, verdes, rosados?
Ahora no me importan ya las cosas pintorescas.
He crecido. He comprendido.
Sé muchas cosas:
no hubo sólo un Cristo
sino muchos;
no sólo el que acuchilla es asesino
sino el que mata de hambre,
no sólo los ladrones roban,
sé quiénes matan la ilusión,
quiénes aplastan la alegría y la esperanza
en esos pueblos que
caben
en la mira de un fusil.
📖Reseña y Análisis Literario
En 'El andalón', Luis Alfredo Arango despliega una crónica lírica que transita de la ingenuidad infantil a la lucidez política. El poema se articula como una memoria sensorial donde la contemplación estética de la provincia —con sus colores, iglesias y rituales domésticos— sirve inicialmente como un refugio de inmediatez. No obstante, el eje temático vira hacia una crítica descarnada de la estructura social. La infancia, descrita como un espacio de autonomía precaria, se desmorona ante la revelación de la violencia estructural. El yo lírico, que alguna vez percibió el mundo a través del tamiz de lo pintoresco, alcanza la madurez al comprender que los 'pueblos pequeños' son, en realidad, escenarios de opresión, hambre e inequidad. La emoción predominante evoluciona de la nostalgia contemplativa hacia una indignación ética, donde el poeta identifica a los verdugos invisibles de la esperanza. La metáfora final, que reduce el pueblo al campo de visión de un fusil, sintetiza el paso de la inocencia a la denuncia, clausurando una obra que es, ante todo, un ejercicio de toma de conciencia sobre la deshumanización en el ámbito rural.
🏛️Contexto Histórico
Luis Alfredo Arango (1927-2001), poeta guatemalteco, escribe en el marco de la literatura centroamericana del siglo XX, marcada por la inestabilidad política, las dictaduras y la lucha por la justicia social. Su obra refleja la cotidianidad de la provincia guatemalteca, donde la herencia colonial y la precariedad económica son constantes que moldean la psique del individuo frente a la injusticia sistémica.
✍️Figuras Literarias y Métrica
El autor emplea un verso libre de estructura narrativa. Destacan las metáforas sensoriales (ej. 'compresas en las sienes de los montes'), las enumeraciones caóticas que enfatizan la decadencia, y un uso simbólico de la sinestesia. La ironía se hace presente cuando yuxtapone la escuela y la cárcel, convirtiéndose en una figura clave para cuestionar las instituciones. El tono transita de lo descriptivo-objetivista a una retórica de denuncia directa, despojando al poema de ornamentos para subrayar la crudeza de la realidad social.