📜
Poema.es

Ebriedad de Dios (2)

De niña me enseñaron que yo era una manzana y el hombre era el cuchillo. Las mujeres teníamos que lograr que nos pelaran se hundieran hasta el mango en nuestra carne y le dieran salida a las semillas. Ya en espiral -con nuestra piel deforme, oscura por el tiempo- el amor podía ser algún mordisco un apretar los dientes y ser mujer callando... Pero yo no callaba... me decía en los poemas. A golpes -como aprendió su madre- fue lección de mi madre: la cocina es el mundo de la mujer que calla. Entre especias, vinagres y embutidos esa dulce manzana de mi vida se llenó de gusanos. No callaba: mis hijas me costaron, cuando menos, un grito. El amor, esa lata carísima se quedó en la alacena. Un día, por buscarle acomodo al aguardiente lo tiré a la basura. Sé lo que hacen los lazos en todas las mujeres aunque sean familiares. Al encender el horno (¡ay, Sylvia Plath, te envidio!) al picar la cebolla lo recuerdo... Las profundas estrías de la garganta son mi paso de Dios a la intemperie. Perdí mi casa cuando llegó el alcohol como el mesías. Después perdí a mis hijas, una a una. Pero rezaba, así, como callando: «Señor, esta es tu sangre...» Tu madre se nos muere les digo a mis tres hijas, luego de cada sorbo. Ellas tan solo lloran, muy quedito como diciendo: ¿cuándo! (Este poema obtuvo el primer lugar de los Juegos Florales Nacionales de Santiago Ixcuintla, Nayarit, en 1997).