Diez años vivió Belerma
Con el corazón difunto
Que le dejó en testamento
Aquel francés boquirrubio.
Contenta vivió con él,
Aunque a mí me dijo alguno
Que viviera más contenta
Con trescientas mil de juro.
A verla vino doña Alda,
Viuda del conde Rodulfo,
Conde que fue en Normandía
Lo que a Jesu Cristo plugo;
Y hallándola muy triste
Sobre un estrado de luto,
Con los ojos que ya eran
Orinales de Neptuno,
Riéndose muy despacio
De su llorar importuno,
Sobre el muerto corazón
Envuelto en un paño sucio,
Le dice: «Amiga Belerma,
Cese tan necio diluvio,
Que anegará vuestros años
Y ahogará vuestros gustos.
Estése allá Durandarte
Donde la suerte le cupo;
Buen pozo haya su alma,
Y pozo que esté sin cubo.
Si él os quiso mucho en vida,
También le quisistes mucho,
Y si tiene abierto el. pecho,
Queréllese de su escudo.
¿Qué culpa tuviste vos
De su entierro, siendo justo
Que el que como bruto muere,
Que le entierren como a bruto?
Muriera él acá en París
A do tiene su sepulcro,
Que allí le hicieran lugar
Los antepasados suyos.
Volved luego a Montesinos
Ese corazón que os trujo,
Y enviadle a preguntar
Si por gavilán os tuvo.
Descosed y desnudad
Las tocas de lienzo crudo,
El mongilón de bayeta
Y el manto basto peludo;
Que aun en las viudas más viejas,
Y de años más caducos
Las tocas cubren a enero
Y los monjiles a julio;
Cuánto más a una muchacha
Que le faltan días algunos
Para cumplir los treinta años,
Que yo desdichada cumplo.
Seis hace, si bien me acuerdo,
El día de Santiñuflo,
Que perdí aquel mal logrado
Que hoy entre los vivos busco.
Holguéme de cuatro y ocho
Haciéndoles dos mil hurtos,
A las palomas de besos
Y a las tórtolas de arrullos.
Sentí su fin, pero más
Que muriese sin ver fruto,
Sin ver flujo de mi vientre,
Porque siempre tuve pujo;
Mas no por eso ultrajé
Mi buena tez con rasguños,
Cabal me quedó el cabello,
Y los ojos casi enjutos.
Aprended de mí, Belerma,
Holguémonos de consuno,
Llévese el mar lo llorado,
Y lo suspirado el humo.
No hiléis memorias tristes
En este aposento oscuro,
Que cual gusano de seda
Moriréis en el capullo.
Haced lo que en su fin hace
El pájaro sin segundo,
Que nos habla en sus cenizas
De pretérito y futuro.
Llorad su muerte, mas sea
Con lagrimillas al uso;
De lo mal pasado nazca
Lo por venir más seguro.
Pongámonos a la par
Dos toquitas de repulgo,
Ceja en arco, y manos blancas,
Y dos perritos lanudos.
Yedras verdes somos ambas,
A quien dejaron sin muros
De la Muerte y del Amor
Baterías e infortunios.
Busquemos por do trepar,
Que a lo que de ambas presumo
No nos faltarán en Francia
Pared gruesa, tronco duro.
La iglesia de San Dionís
Canónigos tiene muchos,
Delgados, cariaguileños,
Carihartos y espaldudos.
Escojamos como peras
Dos déligos capotuncios,
De aquestos que andan en mulas,
Y tienen algo de mulos;
Destos Alejandros Magnos,
Que no tienen por disgusto
Por dar en nuestros broqueles,
Que demos en sus escudos.
De todos los Doce Pares
Y sus nones abrenuncio,
Que calzan bragas de malla,
Y de acero los pantuflos.
¿De qué nos sirven, amiga,
Petos fuertes, yelmos lucios?
Armados hombres queremos,
Armados, pero desnudos.
De vuestra Mesa Redonda
Francos paladines huyo,
Donde ayunos os sentáis
Y os levantáis más ayunos.
La de cuatro esquinas quiero,
Que la ventura me puso
En casa de un cuatro picos,
De todos cuatro picudo;
Donde sirven la Cuaresma
Sabrosísimos besugos,
Y turmas en el Carnal,
Con su caldillo y su zumo».
Más iba a decir doña Alda,
Pero a lo demás dio un nudo,
Porque de don Montesinos
Entró un pajecillo zurdo.
📖Reseña y Análisis Literario
En este romance satírico, Luis de Góngora parodia el universo de la materia carolingia y el ciclo de Roncesvalles, desmitificando figuras épicas como Belerma y doña Alda. El poema subvierte la elegía amorosa tradicional al presentar a Belerma, la viuda doliente de Durandarte, bajo una lente de ironía mordaz. Doña Alda, en una intervención que roza el cinismo, exhorta a Belerma a abandonar el luto excesivo y el patetismo romántico, sugiriendo en cambio un pragmatismo hedonista. El núcleo del poema reside en la transgresión de la convención cortesana: el amor eterno y el duelo se ven reemplazados por una invitación a la vida mundana, la búsqueda de placeres táctiles y el rechazo a la ascética caballeresca. Góngora utiliza el diálogo para contraponer la rigidez del sacrificio heroico con la vitalidad, a veces frívola, de unos personajes que, despojados de su aura legendaria, actúan con una psicología humana, terrenal y decididamente cómica. La tensión entre lo sublime y lo grotesco es constante, transformando el testamento de un héroe en un objeto casi humillante, lo que subraya la maestría gongorina para deconstruir mitos mediante la agudeza barroca y el uso del lenguaje popular frente al arcaico.
🏛️Contexto Histórico
El poema se enmarca en la producción satírica de Luis de Góngora, una de las figuras cumbres del Barroco español. En el siglo XVII, el romancero nuevo gozó de gran vitalidad; los autores utilizaban la parodia de los romances viejos y la épica carolingia para desplegar su ingenio, burla y crítica social. Góngora, conocido por su actitud mordaz, utiliza aquí la intertextualidad con los libros de caballerías para entretener a una corte que conocía bien estos tópicos, demostrando que el prestigio de las leyendas medievales era una herramienta maleable para el ejercicio de la ironía satírica.
✍️Figuras Literarias y Métrica
El poema emplea una estructura de romance, con versos octosílabos y rima asonante en los pares (u-o). Entre las figuras destacadas, encontramos la hipérbole ('Orinales de Neptuno' para referirse al llanto), la metáfora desmitificadora ('corazón difunto', 'gusano de seda'), y la antítesis entre el dolor y la lascivia. Góngora utiliza el uso recurrente de la ironía y el registro coloquial para crear un contraste estilístico, junto con el empleo de enumeraciones satíricas para describir a los eclesiásticos, buscando el efecto cómico a través de la caricatura física.