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León Felipe en sus 75 años

Vedlo otra vez aquí. De su vieja piel brotan absurdamente flores en salvaje melena enmarañadas: recientes, frescas, olorosas flores (así Elvira Gascón lo ha dibujado). Y de la cueva honda de su boca a veces una voz terrible sale clamando; voz oscura que, inesperadamente traicionada, al aire se transforma en un tierno, armonioso, inexplicable canto. El león viejo, siempre caminando sin tregua, solo, acecha en torno a sí, de día; de noche, cara al cielo. Errante majestad, centro moviente, inestable, de un mundo cambiante como él, sin equilibrio. Quisiera descansar un poco; tienen sus fauces la nostalgia de un enorme bostezo. Pero siente que una larga mirada lo vigila. Por eso se revuelve, se irrita, increpa, llora, suplica. Ruge amenazador a las estrellas clavadas en la rueda de la noche, buscando al ojo inmóvil entre ellas ?única estrella fija? sin esperanza de encontrarlo nunca en ese sinfín de astros sin sentido. Él sabe que está ahí. Aguda siente su mirada punzándole la piel, mojándole de helada claridad la florida melena embravecida. Y escudriña la noche y cuenta estrellas (antes, piedras había contado) e impotente blasfema por fin para incitar a Dios a revelarse. Él no sabe si le lanzaría entonces un zarpazo rabioso para dejarlo ciego, o si bajo la lluvia de su luz se echaría adorándola humilde a cobijar su sueño ya logrado. Ya ha caminado mucho el león viejo. Le ha dado varias vueltas al mundo, por eriales, por selvas, por la guerra, por la paz, por las noches y por días, sin descubrirlo; orando, sin hacerse oír de Él, sin conmoverlo nunca. Y ahora vedlo otra vez pasar junto a nosotros; nosotros, que sentimos cómo su voz que clama en la noche, terrible, en nuestro pecho queda absurdamente resonando tan dulce como la voz de un pájaro o de un niño.

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