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La hora de la siembra

Y no nos han dejado otro camino. Y está bien que así sea. Recibimos el golpe en la mejilla, la patada en la cara. Y pusimos la otra mejilla, silenciosos y mansos, resignados. Entonces comenzaron los azotes, comenzó la tortura. Llegó la muerte. Llegó noventa mil veces la muerte. La labraban despacio, riéndose, con alegría de nuestro sufrimiento. Ya no se trata sólo de nosotros los hombres. El saqueo constante de nuestras energías, el robo permanente del sudor ?en cuadrilla, a mano armada, con la ley de su parte?. Ya no se trata sólo de la muerte por hambre. Ya no se trata sólo de nosotros los hombres. También a las mujeres, a los hijos, a nuestros padres y a nuestras madres. Los violan, los torturan, los matan. También a nuestras casas, las queman. Y destruyen las siembras. Y matan las gallinas, los marranos, los perros. Y envenenan los ríos. Y no nos han dejado otro camino. Y está bien que así sea. Trabajábamos. Trabajábamos mas allá de las fuerzas. Empezábamos a trabajar cuando aprendíamos a caminar y no nos deteníamos sino al momento de morirnos. Nos moríamos de viejos a los treinta años. Trabajábamos. El sudor era un río que se bifurcaba: de un lado se volvía miseria, fatiga y muerte para nosotros: de otro lado, riqueza, vicio y poder para ellos. Sin embargo, seguimos trabajando y muriendo siglo tras siglo. Pero ni aun así se ablandaban sus caras frente a nosotros. Vinieron con sus armas y sus armas vinieron a matarnos. Y no nos han dejado otro camino. Y hemos tenido que empuñar las armas también nosotros. Al principio eran las piedras, las ramas de los árboles. Luego, los instrumentos de labranza, los azadones, los machetes, las piochas, nuestras armas. Nuestro conocimiento de la tierra, el paso infatigable, nuestra capacidad de sufrimiento, el ojo que conoce y reconoce cada hoja, el animal que avisa, el silencio que aprieta las quijadas. Esas fueron primero nuestras armas. No teníamos armas. Ellos si que tenían: las compraban con nuestro trabajo y luego las usaban contra nosotros. Ahora tenemos armas: las de ellos. Cuando vinieron nocturnos a matarnos les salimos al paso, caemos como rayos y tomamos las armas, agarramos las armas. Cada fusil cuesta muchas vidas. Pero son mas las muertes que nos cuesta si sigue en manos de ellos. Y no nos han dejado otro camino. Y está bien que así sea. Porque esta vez las cosas van a cambiar definitivamente. Están cambiando. Ya cambiaron. Cada bala que disparamos lleva la verdad del amor por nuestros hijos, por nuestras mujeres y nuestros mayores y por la tierra misma y por sus árboles. Y por eso hay mujeres y niños combatiendo junto a nosotros. Cuando sembramos el maíz, sabemos que deberán pasar lunas y soles hasta que la mazorca sonría con sus granos y se vuelva alimento. Y cuando disparamos nuestras armas es como si sembráramos y sabemos que deberá venir una cosecha. Tal vez no la veamos. Tal vez no comeremos nuestra siembra. Pero quedan sembradas las semillas. Las balas que ellos tiran solo llevan muerte. Nuestras balas germinan, se vuelven vida y libertad, son metal de esperanza. Las cosas han cambiado. Y esta bien que así sea. Hemos limpiado y aceitado el arma. Echamos las semillas en la alforja y emprendemos la marcha serios y silenciosos por entre la montaña. Es la hora de la siembra.

📖Reseña y Análisis Literario

En 'La hora de la siembra', Manuel José Arce Leal articula un discurso lírico de resistencia testimonial que trasciende la queja para convertirse en una declaración de necesidad histórica. El poema estructura una dialéctica entre la mansedumbre impuesta por la explotación secular y la inevitabilidad de la rebelión armada. El yo lírico, que habla en nombre de un colectivo campesino o proletario, narra una transición desde la pasividad dolorosa —la resignación ante la tortura y el saqueo— hacia la toma de conciencia política. La metáfora central del título, 'la siembra', resignifica la violencia del combate: el arma no es un instrumento de aniquilación, sino una herramienta agrícola que se empuña para preparar un futuro distinto. El autor logra evocar emociones de una profundidad abrumadora, donde el sacrificio personal se diluye en una esperanza colectiva que desafía la mortalidad. La atmósfera es de una gravedad solemne y serena; el poema evita el arrebato histérico para adoptar un tono de convicción inquebrantable, donde la muerte propia se acepta como abono necesario para una libertad que, aunque lejana, se intuye inminente. Es, en esencia, una elegía a la dignidad recobrada a través de la lucha armada, donde la ética de la supervivencia se eleva al rango de acto fundacional.

🏛️Contexto Histórico

Manuel José Arce Leal (Guatemala, 1935-1985) fue una figura central de la literatura guatemalteca durante los años de la guerra civil. Su obra está profundamente marcada por la represión política, las dictaduras militares y el conflicto armado interno que azotó al país. 'La hora de la siembra' responde al contexto de la insurgencia centroamericana del siglo XX, donde la intelectualidad se vio obligada a posicionarse frente al despojo de las tierras y el exterminio de las comunidades indígenas y rurales por parte de las fuerzas estatales.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema se caracteriza por un verso libre, de ritmo marcado por el encabalgamiento y la anáfora, que refuerza la sensación de una marcha ineludible. Predomina la metáfora extendida: la equiparación del acto de disparar con el acto de sembrar maíz, convirtiendo el metal de la bala en 'semilla de esperanza'. Se utiliza la antítesis para contrastar la 'muerte' estéril del opresor frente a la vida que 'germina' del arma insurgente. Destacan la gradación dramática en la enumeración de las violencias sufridas y el uso de un lenguaje directo, casi despojado de ornamento, para subrayar la veracidad del testimonio.

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