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Escucha que es la niebla

Escucha, escucha ahora que es la niebla; su ademán invencible, su desdén por las cosas. Escucha como rompe el corazón caído, llegando en telarañas a los ojos. Como árbol enterrado al pie de grandes ríos deja rostros, otoños, corolas donde duerme una lanza inmortal y nos desgasta ahora el modo de mirar, la débil ilusión de seguir alentando encima de la muerte. Escucha en sus espumas de color venenoso, sonidos de marismas repentinas. Alguien desaparece -quizás tú, quizás yo podamos serlo- descarnado de pronto por crueles minerales. Escucha sus aullidos entre la blanda niebla. Sufre. Somos nosotros. ¿Oyes tu corazón que la jauría acosa? Nosotros vamos solos, pronto a exterminarnos, envueltos por la niebla; más detrás de grisáceos follajes mortecinos, a través de su piel secular, en las agrias vertientes que por ella circulan, recobramos un perfil indolente, signo de un leve paso por la tierra, señal de persistentes nostalgias vagabundas.