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La rosa del herbolario

Dejo en la nave de la rosa la desición del herbolario: si la estima por su virtud o por la herida del aroma: si es intacta como la quiere o rígida como una muerta. LA breve nave no dirá cuál es la muerte que prefiere: si con la proa enarbolada frente a su fuego victorioso ardiendo con todas las velas de la hermosura abrasadora o secándose en un sistema de pulcritud medicinal. El herbolario soy, señores, y me turban tales protestas porque en mí mismo no convengo a decidir mi idolatría: la vestidura del rosal quema el amor en su bandera y el tiempo azota el esqueleto derribando el aroma rojo y la turgencia perfumada: después con una sacudida y una larga copa de lluvia no queda nada de la flor. Por eso agonizo y padezco preservando el amor furioso hasta en sus últimas cenizas.