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Misterios gozosos

1 Ah, nunca, nunca más la conocida ternura, la palabra pequeña, familiar, que cabía en mi boca. Nunca ya mi cabeza segada dulcemente por la mano más próxima. Nunca la juventud como una casa espaciosa, asoleada de niños y de pájaros. Adiós para la tierra que en mi torno bailaba. Voy a entrar en tu hora, soledad; en tu mano, destino. 2 Aquí tienes mi mano, la que se levantó de la tierra, colmada como espiga en agosto. Aquí están mis sentidos de red afortunada, mi corazón, lugar de las hogueras, y mi cuerpo que siempre me acompaña. He venido, feliz como los ríos, cantando bajo un cielo de sauces y de álamos hasta este mar de amor hermoso y grande. Yo ya no espero, vivo. 3 Día del esplendor y la abundancia. La cosecha me pesa sobre la falda. Abrid puertas, amigos, y ventanas convidando las gentes a mi casa. Dad a todos el pan, la posada. No ahuyentéis las palomas si bajan. 4 Con un gesto de tierra abro los brazos. Con un gesto de tierra cuyo regazo acuna a todas las criaturas. El amor me levanta, me sostiene, extasiada como en una gran luz, cantando mi destino de raíz y mi obediencia. Yo no le busco el rostro a esta maternidad que colma las medidas. Vosotros no busquéis la muchedumbre de hijos. Pero ved mis acciones manando como la leche espesa y silenciosa. 5 Este lugar que soy, como arena con ríos, hace tiempo conoce la visita del cielo. Sobre mi rostro cruza la procesión de pájaros y yo voy extasiada, persiguiéndolo, sin sentir que las piedras me golpean, me rompen, me rechazan. Camino sin medir fatiga ni distancia. Ay, alcanzaré el mar, y el cielo irá volando más allá. 6 A veces tan ligera como un pez en el agua, me muevo entre las cosas feliz y alucinada. Feliz de ser quien soy, sólo una gran mirada: ojos de par en par y manos despojadas. Seno de Dios, asombro lejos de las palabras. Patria mía perdida, recobrada. 7 Esta tierra que piso es la sábana amante de mis muertos. Aquí, aquí vivieron y, como yo, decían: Mi corazón no es mi corazón, es la casa del fuego. Y lanzaban su sangre como un potro vehemente a que mordiera el viento y alrededor de un árbol danzaban y bebían canciones como un vino poderoso y eterno. Ahora estoy yo aquí. Que nadie me salude como a un recién llegado. Si camino así, torpe, es porque voy palpando y voy reconociendo. No llevo entre las manos más que una breve brasa y un día para arder. ¡Alegría! ¡Bailemos! Quiero jurarlo aquí, amigos: otra vez como la primavera volveremos. 8 Yo, pájaro cogido y garganta prestada, vendo a dar obediencia, Señor de mano abierta y poderosa casa. A cantar en los patios, con las otras mujeres destrenzadas, himnos de gratitud y coros de alabanza. Desde el anochecer hasta la madrugada. Señor de mano abierta y poderosa casa. 9 Como Abel a Caín para que lo guardase me dieron don precioso como de llamas y aire. Las sendas de la tierra las recorro temblando. ¡Ladrones de caminos, no me vaciéis las manos! Pues Dios reclamará el tesoro confiado, y yo ¿qué le daría más que un oscuro rostro avergonzado? 10 Alrededor de mí ?lo estoy mirando como en torno de un huérfano un grupo de mujeres solícitas, piadosas? mueve su lenta ronda protectora la casa. Madre que abre las puertas como abriera los brazos, que ha levantado el techo igual que se levanta la mano en bendición por sobre mi cabeza, y que ofrece el arrimo de sus paredes sólidas como quien da a un polluelo el hueco de sus alas. Yo ya no puedo hablar. No tengo más palabras que las que el amor urge y santifica para mostrar aquí mi corazón contento y sosegado, en medio de la casa durmiendo, como aljibe colmado. 11 Me quedo en las palabras igual que en un remanso, contemplando cielos altos, profundos y tranquilos. Por nada cambiaría mi destino de sauce solitario extasiado en la orilla. Si alguna vez me voy me iré llevando una mirada limpia donde los otros beban el resplandor ausente. 12 El que buscó mi mano para cortar racimos, deje mi mano suelta sin fruto y sin anillo. El que llamó a mi cuerpo para nacer, se calle. No ponga en mi cintura la guirnalda de madre. Adiós, adiós los nombres, las máscaras, la casa. Yo no soy, yo no soy más que un pequeño cauce amoroso del agua. 13 Señor, agua pequeña, sorbo para tu sed espera. Señor, para el invierno, alegre, chisporroteante hoguera. Señor, mi corazón, la uva que tu pie pisotea. 14 Sólo como de viaje, como en sueños. Como quien ama un río, como quien hace casa para el viento. Sólo como quien deja un palomar abierto. 15 Toda la primavera ha venido a mi casa en una flor pequeña sólo flor y fragancia. Yo rondo este perfume como una enamorada, voy y vengo buscando loores, alabanzas. Con el amor me crece la ola de nostalgia. ¡Cómo serán los campos en donde fue cortada! 16 Heme aquí en los umbrales de la ley. El mundo que venía como un pájaro se ha posado en mi hombro y yo tiemblo lo mismo que una rama bajo el peso del canto y del vuelo un instante detenido. 17 Más hermosa que el mundo tu mirada ¡y el mundo es tan hermoso! Preferible tu amor a los frutos amables de la tierra, a la embriaguez amante de los aires. Tu presencia más grande que los mares. Yo he buscado a los hombres que llevan la justicia a sentarse en los pórticos y vigilan el fiel de su balanza, para cambiar las joyas y las túnicas y los dones preciosos por la menor de todas tus palabras. 18 El centro de la llama mi centro. Aquí arder, aquí hablar lo verdadero. Yo no me fui, no he vuelto; yo siempre estuve aquí viviendo sin ayer, sin mañana, ni próximo, ni lejos, este minuto único y eterno.

📖Reseña y Análisis Literario

«Misterios gozosos» de Rosario Castellanos es una meditación lírica profunda sobre la condición femenina, la maternidad y la entrega espiritual. A través de dieciocho fragmentos, la autora transita por una evolución emocional que parte del desprendimiento de las seguridades de la infancia y la juventud, para sumergirse en una entrega existencial absoluta. El poema articula una dialéctica entre la soledad, el destino y una fuerza trascendente que Castellanos identifica con lo sagrado o lo divino. La voz poética transita desde la aceptación del rol maternal y doméstico —simbolizado por el cuidado de la casa y la crianza— hasta un misticismo donde el sujeto se disuelve. La obra evoca sentimientos de vulnerabilidad, asombro, gratitud y, finalmente, una clausura contemplativa donde el yo se despoja de sus atributos mundanos (nombres, máscaras, frutos) para devenir en cauce, en pura presencia. Es un viaje de despojo donde la madurez es entendida no como una conquista, sino como una ofrenda permanente, situándose en un presente eterno donde el corazón es, simultáneamente, hoguera, aljibe y camino.

🏛️Contexto Histórico

Rosario Castellanos (1925-1974) fue una figura central de la literatura mexicana del siglo XX. Esta obra se sitúa en una etapa de madurez donde su poética deja atrás el lirismo puramente confesional para abrazar una voz más metafísica y existencial. La obra refleja las tensiones de la mujer intelectual y creadora en una sociedad tradicional, donde la maternidad y la vida doméstica son tensionadas por la búsqueda de una identidad propia, integrando la tradición de la mística española con una sensibilidad contemporánea profundamente marcada por el dolor y la conciencia de la finitud.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema emplea una métrica libre que otorga ritmo y musicalidad a la introspección. Entre los recursos destacados se encuentra el uso frecuente de la metáfora de la casa como refugio y cárcel, y la del fuego como símbolo de vitalidad y pasión. La anáfora (como en el inicio con 'Nunca') acentúa la sensación de renuncia. La sinestesia ('cielo de sauces') y la imagen recurrente del agua ('cauce amoroso', 'aljibe') funcionan como correlatos de la fluidez y la receptividad del alma. La autora utiliza el apóstrofe al dirigir su voz al 'Señor' o a un interlocutor ausente, creando una atmósfera de oración. El tono es predominantemente elegíaco, con imágenes sensoriales que apelan tanto a la tierra (espiga, raíces, cosecha) como a la luz, estructurando un discurso que equilibra lo doméstico con lo trascendental.

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