¡Mi cenicienta juventud, mis años baldíos!...
Soy hombre.
Quisiera ser gacela inocente o el león carnicero
que do not lie awake in the dark and weep for their sins.
Mi cenicienta juventud, mi miércoles continuo sin sello alguno
en la frente,
salvo el del sol glorioso, el de la segura sabiduría incipiente, la
cruz del orgullo,
sin recordación postrimera;
la frente vana que se alza con pura alegría, con inmortal certeza
de una mañana radiante,
sin atisbo alguno de ocaso, de cercana finitud, de arrugas-
igual que el mar azul de la niñez remota, de la promesa
incumplida.
Time writes no wrinkles on thy azure brow.
Y ahora estoy hastiado de surcos, de renglones torcidos, de
noches en vela,
de invisibles señales, de impenetrables señales, de vasos de
agua en lo oscuro,
de tumbas y cruces, polvo, protectoras ausencias.
¡Mi polvorienta juventud, mis días estériles!...
Mis noches sin nada y sin nadie excepto el llanto, el lamento,
el desvelado monólogo sobre mi condición, el prurito de
orinar, la sed, la fatiga,
el cigarrillo intempestivo del insomnio, el frío sudor sobre la
lisa frente de antaño.
Soy hombre.
Quisiera ser el árbol, la hoja agradecida
a la brisa, a la caricia de mayo, al rumor del río
que no va a dar en la mar, que no es símbolo de lo efímero.
Solamente un sonido, un frescor, un júbilo,
un estremecimiento de vida en la savia ignorante.
Quisiera ser aún más, piedra. Piedra sorda, muda. Perfecta
concentración de la nada, piedra indiferente
a todo destino, a todo origen, honda
agresiva, o juguete en manos del niño
que la arroja a la superficie del agua, estremeciéndola en aros
concéntricos, en anillos fugaces
(Time writes no wrinkles...);
o materia de construcción para alzar esas casas,
esos precarios refugios que habitamos los hombres,
como si cuatro paredes pudiesen protegernos del muro final,
como si un techo doméstico fuese cobijo eficaz contra la
inmensa bóveda de los astros,
o con astros, contra el dosel cifrado de la noche,
de nuestra vida a la intemperie de Dios, de nuestra vida al raso,
al raso.
Memoriam, entendimiento y voluntad. ¡Memoria!
¿Quién no suspira a veces por la flor del loto,
por su olvidadizo milagro, por su borrón y cuenta nueva,
proyecto nuevo,
renovada esperanza
(destinada, ay, a esfumarse como las ostras, a convertirse en
nueva flor marchita)?
¿Quién tiene la vanidad de asumir todo su pasado
sin sentir arrepentimiento, decepción, orgullo
tronchado por el soplo del viento malo? ¡Caña pensante
que te yergues con cotidiana ilusión sobre un mundo en ruinas
sobre un fracaso de cristales,
desatendiendo espejos, sueños, agendas ajadas,
álbumes de amarillenta otredad, insalvables abismos!
Nadie regresa de la ulterior ripa.
La citerior ripa.
Pues cada día tiene su orilla.
Cada jornada su puesta de sol.
Cada tarde su afán trivial.
Cada noche su memento mori.
Y la memoria disminuye si no se ejercita.
Y el olvido nos cala hasta el hueso.
Y la suerte está echada
Y la vejez nos acecha desde la cuna.
Desde la tumba.
Soy hombre.
Quisiera ser árbol, el álamo venturoso
que no pregunta nada al agua que fluye, que ignora su huida,
que no sabe que el río desemboca en su manantial
y tiene su nacimiento en el mar. ¡Río inmóvil
donde el hombre se baña eternamente en su corriente extática!
El movimiento y el reposo
son lo mismo, lo mismo, una ficción diáfana.
Y lo mismo también la luna menguante y la luna creciente,
la luna llena del verano monótono,
la luna nueva del monótono invierno.
Y en este mundo sublunar
repaso ahora retratos abandonados, desvelos inútiles, trajes
deshechados,
dioses extintos, libros no leídos, mujeres amadas
y olvidadas, cartas, papeles, sillas que crujen, espirales de
humo,
dolores intercostales, visitas incómodas, luces mortecinas,
relojes que señalaron un tiempo, saetas
que hirieron mi corazón, lo hirieron.
Soy hombre.
Y mucho de lo humano me es ajeno.
Y ni puedo decir que me conozco a mí mismo.
Pues no sé nada. Sólo
que ahora quisiera ser la gacela inocente o el león carnicero
que no yacen despiertos en lo oscuro llorando por sus pecados.
Que quisiera ser el mar de mi niñez, tú, mar.
Pues el tiempo no inscribe arrugas en tu ceño azul.
Que quisiera ser el árbol, la piedra.
Que quisiera...
Pero es de noche. Es hora de acostarse, hora de apagar la
lámpara
Out, out, brief candle!
📖Reseña y Análisis Literario
En 'Primera epístola de mí mismo', Vicente Gaos articula una elegía existencial sobre la carga insoportable de la conciencia humana. El poema se estructura como un monólogo de introspección donde el sujeto lírico, agobiado por la finitud y el desgaste del tiempo, reniega de su condición racional para anhelar la inocencia de la naturaleza —la gacela, el árbol, la piedra—. La obra es un ejercicio de lúcido pesimismo, donde la memoria, lejos de ser un refugio, se convierte en un inventario de derrotas, arrepentimientos y sombras. Gaos utiliza una voz que oscila entre el desgarro vital y la resignación ante el 'memento mori'. La angustia no emana de un hecho fortuito, sino de la esencia misma del hombre que, al ser 'caña pensante', es consciente de su propia caducidad. La atmósfera del texto, cargada de imágenes de insomnio, polvo y abandono, culmina en un deseo de anulación del 'yo' ante la inmensidad del tiempo y la muerte, subrayando el conflicto irresoluble entre la aspiración a la trascendencia y la fragilidad biológica. Es, en última instancia, una meditación sobre el cansancio de existir y la alienación del individuo frente a un universo indiferente.
🏛️Contexto Histórico
Vicente Gaos (1913-1980) fue una figura clave de la poesía española de posguerra, estrechamente vinculado a la generación del 36. Su obra refleja la crisis existencial característica de los autores que vivieron el trauma de la Guerra Civil y el exilio posterior. La 'epístola' se enmarca en una etapa de madurez donde el autor explora una metafísica de la finitud, influenciado tanto por la tradición clásica española como por una sensibilidad existencialista europea, muy marcada por el desencanto vital y la soledad del intelectual ante la historia.
✍️Figuras Literarias y Métrica
El poema se caracteriza por un verso libre de gran alcance retórico. Destaca el uso de la alusión literaria, integrando versos de Walt Whitman y William Shakespeare ('Time writes no wrinkles...', 'Out, out, brief candle!') para conectar su angustia personal con una tradición universal. Entre las figuras estilísticas hallamos la antítesis (movimiento/reposo, hombre/piedra), que enfatiza el deseo de inmutabilidad del autor, y la enumeración caótica para expresar el tedio de la vida cotidiana. La personificación de la piedra y el árbol como seres ajenos al destino humano potencia la ironía lírica, mientras que la repetición del verso 'Soy hombre' funciona como un estribillo que ancla el poema en su dolorosa realidad antropológica, contrastando con la ligereza de la naturaleza.