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Vocación del tiempo

Para Blanca Mateos, por sus desvelos e insomnios; Por hacer de la poesía panes repartidos. 1 El tiempo. El tiempo. El tiempo. A cada paso estamos librándonos de sus abrazos Oímos masticar sus aguas asfixiantes Imaginamos su risa y callamos... De repente toca los balcones de la duda los poros del temblor en las costillas y las sienes. Lo pensamos a veces con su lengua los balcones de la sangre. Ah, Blanca, el tiempo. El tiempo. Vas dejando la luz para que el agua de las palabras de noche o día indague en el brillo de la risa y la bebamos con el destino que nos prodiga el vino. A menudo, Blanca, el tiempo es un perro ciego o una larga romería donde muere el prójimo o la calle donde pintamos legumbres suculentas o la camisa donde se garabatean poros o el aroma todopoderoso que nos abre la Esperanza o la mar que pica con sus llaves de espuma nuestros combates cotidianos o la luciérnaga que nos regala su fugaz itinerario. Cuando te acuestas prolongada la noche y amanece un fuego invisible se convirtió en gladiador de esos afanes y fija, mirando tras la ventana, los pensamientos sueñan músicas que sangran por el costado. El tiempo. Rascacielos donde se abren todas las estaciones donde la conciencia jadea en el respiro de los pájaros en la magia de hilvanar los hilos de la memoria. El tiempo: ciudad, mujer, hombre, árboles, bosque, ríos, trenes que llevan en el ojo de los rieles un remanso trashumante... 2 Guardamos en la memoria las rosas que hacen los meses con su tejido de horizontes. Luego se descifran códigos Y ese verde del polen que sueña En las colina de la vida, En los fonemas del combate, En la cintura oceánica de la espuma. En la calle desafiamos la bandera del viento Y el bosque de los puntos cardinales. Desmenuzamos la angustia de las alas. Escalamos territorios. Lanzamos la red De nuestros pensamientos, Como enloquecidos relámpagos, Hacia el río de las palabras, Palabras viscerales que navegan Como esos barcos que recorren Aguas de nostalgia. 3 Nos sumergemos en cada instante En el tiempo: Espejo creciente Que nos revela, nos niega o asedia. La noche se convierte es libélulas, En trompetas de ceniza u hollín. El blues deslumbra con su luto. La luna, silba con su insomnio alucinante Entre las sabanas del cierzo. Somos pájaros, astros, oráculos De esa vida que siempre abre balcones Al aguacero del escalofrío, Al delirio profundo de los sueños. Una palabra nos desgarra: La palabra mundo. Mundo de aquí sin afeitarse, Mundo de la indiferencia, Mundo diluyendo los años, Mundo del relámpago, Mundo que se hace noche Mientras la imagen de la ciudad nos extravía Con sus pesadas piedras Y sus pájaros moribundos. Una palabra, sin embargo, Se hospeda entre escombros: la palabra poesía Que abre sus ojos aleteantes tras las ventanas. 4 Ha sido en agosto. En agosto. Cierto: Soñar y recordar al invierno. Todo ha sido como en los muelles, O las estaciones de los ferrocarriles, Como el horizonte que nos aroma con su lejanía. El explorer borra todas las distancias. El poeta se vuelve transeúnte de relámpagos En un espacio donde las puertas, Son puro espejismo. Ha sido en agosto. En agosto. El viajero siente la lluvia en las pupilas Y un conjuro antiguo Que despierta de su sueño acompasado: Es la mano audible y amiga Que se abre en palpitantes destellos. 5 Todo viaja hacia lo eterno teniendo vidas efímeras. La brisa o el viento Goteando palabras Humedecen la mirada: Los labios del tiempo, el halito De la edad, las colinas del pecho Los abrojos de la saliva, Las campanas que gotean Minutos y segundos, Dientes que muerden abismos, Ventanas que nos miran Con su fuego de agua. Como magia, los sonidos en espigas, Buscan el espacio, El asombro del camino Que lame el misterio. Ahora se que la palabra es un nido Donde respiran los latidos. Ahora se que todo lo que nombra: Pájaros, matochos, paisajes, Tiene una luz que transparenta el césped. 6 El tiempo no muere con nosotros, ni el crepúsculo en el buche de los pájaros, ni la brasa que nos consume la sed, ni los caminos que palpitan, ni la caverna que a menudo lame los sueños, ni el silencio de los cuerpos o el insomnio. No. El tiempo no muere en la hojarasca, En los amaneceres o en la niebla. El tiempo no duerme en su aventura de vigía. A veces, ciertamente, nos desnuda Y nos atraganta su aliento. A veces saca sus dulzainas, Y su pañuelo herrumbro; Y, aunque rebasa nuestras agonías, Es solo una profunda sed que aprieta Los palpitos de la vida. Casa de la Yedra, 23 de agosto de 2003. 10:00 PM.
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