Poema.es LogoPoema.es

Mil novecientos cincuenta y nueve

1959 Enfrente de la plaza de frondosos castaños hubo un día un hospicio. El caserón tenía el muro de las cárceles y la melancolía de los buques fantasmas, misteriosos y extraños. Yo era muy niño entonces. Mi madre me llevaba las tardes de domingo de visita a la abuela y al capellán, mi tío. Se bebía mistela en diminutas copas y de todo se hablaba. Era un lugar siniestro donde olía a pobreza, a tabaco, a sotana, pero entraba un sol suave, dulce y desanimado que abría con su llave las prodigiosas cuevas de aquella fortaleza. Por entonces no había ya ningún hospiciano. Vivían los dos solos entre orfanales ecos de sombras y silencio y de sus pasos huecos brotaba el rumor muerto de un armónium lejano. Aunque me daban miedo, y cuánto, los pasillos anchísimos y largos, el negro refectorio o la escalera, el mísero y glacial dormitorio con altos ventanales de polvorientos brillos, aunque temblaba , digo, me pasaba la tarde encerrado en mi cuarto preferido, una sala que daba a un patio oscuro cuya única gala era esa luz felina, agrisada y cobarde. Aquélla era la sala en la Diputación guardaba tras las fiestas gigantes, cabezudos... Yo admiraba sus caras hechas de sueños mudos, de cólera y de risas, de trampa y de cartón. ¡Con cuánta lentitud el tiempo se frenaba! La Tarasca caída llena de palitroques, arlequines, bufones, falsos mozos de estoques... Todo cuanto pasó y entonces no llegaba. Al regresar a casa siempre había llovido y en el jardín de enfrente cogían caracoles unos hombres terribles, prendían los faroles y los últimos pájaros retornaban al nido. Cuando murió mi abuela, me vistieron de luto y tuve que besarla. Estaba amortajada con sayal terciario y el frío de la nada selló también mis labios de nada y de absoluto. Enfrente de la plaza y del viejo convento hubo un día un hospicio. Es todo cuanto pueda tener o recordar, la gastada moneda, las máscaras, el miedo, los despojos del viento.

📖Reseña y Análisis Literario

En 'Mil novecientos cincuenta y nueve', Andrés Trapiello despliega una mirada introspectiva cargada de melancolía sobre la infancia perdida. El poema funciona como una suerte de arqueología de la memoria, rescatando los recuerdos de un niño que visitaba un antiguo hospicio, un espacio liminal entre lo doméstico y lo siniestro. La atmósfera está dominada por una dualidad constante: la dulzura de los encuentros familiares con la abuela y el tío capellán frente a la frialdad y el abandono de la arquitectura decadente del hospicio. El autor logra transmitir esa extraña fascinación infantil por lo sombrío, donde los gigantes y cabezudos de cartón piedra conviven con la muerte, representada crudamente en el episodio final del velatorio de su abuela. Los temas centrales, como el paso inexorable del tiempo, la orfandad simbólica y la transitoriedad de los recuerdos, dotan a la obra de una profundidad elegíaca. La estructura es un ejercicio de evocación sensorial, donde los olores a tabaco y sotana, junto con la luz mortecina, recrean un pasado que se siente como una 'gastada moneda'. Es, en esencia, un retrato de la España de posguerra vista a través de los ojos de un niño que, sin comprender del todo la tragedia que lo rodea, intuye la fugacidad de la existencia y el peso del silencio, convirtiendo la vivencia íntima en un testimonio universal sobre el fin de la inocencia.

🏛️Contexto Histórico

El poema se sitúa en la España de 1959, un periodo marcado por el nacionalcatolicismo y el estancamiento social de la posguerra. Biográficamente, Trapiello utiliza este escenario para explorar sus propias raíces, reflejando el clima de austeridad, religiosidad tradicional y encierro físico y emocional que caracterizó la niñez de su generación en las provincias españolas, donde el peso de las instituciones religiosas y el silencio sobre los traumas del pasado configuraban la vida cotidiana.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El autor emplea una métrica clásica de endecasílabos agrupados en serventesios (cuartetos de rima cruzada ABAB), lo que aporta un ritmo pausado y solemne. Destacan metáforas potentes como 'luz felina, agrisada y cobarde' para describir la atmósfera del patio, y la personificación de la memoria a través de la 'gastada moneda'. Se recurre al polisíndeton y a una adjetivación expresiva ('hospicio', 'siniestro', 'prodigiosas') que acentúa la carga emocional. El uso de símbolos como los 'gigantes y cabezudos' actúa como una metáfora visual del pasado, representando los recuerdos como figuras de cartón piedra: mudas, artificiales y destinadas al olvido.

Poema.es

© 2026 Poema.es. Todos los derechos reservados. Desarrollado porJuan Romero Domínguez.