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Confesión

A Marcel Proust ¡Oh!, Marcelo, soy una desterrada. Los heliotropos de mis ojos están sobre la tierra para podrirse, para que vengan los gusanos de la muerte. Mi espalda es divina y mi sexo conmovedor, tiemblo ante el roce de una mano como una gota de agua en el parabrisas de tu coche. Cómo irme a la cama sin saber que alguien va a desangrarse porque deje la luz del cuarto encendida, porque entre los resquicios de mi memoria un hombre, otro, va a quitarme el sueño. Preparo una taza de té, el baño cuido de mi cuerpo con agua de rosas para que ese enemigo de mi tranquilidad se serene, para pensar en ti, en la soledad laboriosa. Pero el hilo de mi recuerdo no existe, busco a un hombre que no me ha amado y huye de mí. Soy, querido Marcelo, una bestia echada sobre las mantas blancas que cubrieron tus sudores. No tengo perdón. Los heliotropos que florecen en los jardines más amados en los ojos más venturosos también van a podrirse y el sabor que alguien nos deja, aun sin probar sus labios, puede ser el té de cualquier tarde en que morimos.
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