Caía como los reos, sembrado, quieto en las horas,
con los pies enloquecidos. Veía ascuas silenciosas,
savias incrédulas, nortes que morían entre sombras
de cuerpo pidiendo líneas. Sólo intangibles palomas
oyen la sangre que nunca naufraga, el níveo idioma
que completa los muñones; sólo lejanas gaviotas
construyen la luz sin nombre, la madera dolorosa
que desata las pupilas; sólo el tiempo levanta olas
sagradas, piedras en flor, enamoradas leonas:
seres que niegan la arena, certidumbres que derrocan,
como una hoguera de carne, los más sólidos aromas.
Sin otra función que el beso, arroyos y areolas
impiden que el tiempo muera y, arrepentidos, lloran
como si el humo estuviese preñado de amapolas.
El mar tiene ruedas; surcos, el cielo; madres sonoras
irrumpen en las ciudades para que no queden bocas
a oscuras, para que el trigo, como un símbolo, no rompa
su intermitente sepulcro. La cristalina cebolla
posee memoria; el páramo se hace blanquísima loma
cuando se desnuda el aire; incluso el chacal y la orca,
que nunca han visto el asfalto, saben que el hombre es todo hojas,
que sus bienes, desmentidos por el viento, tienen forma
de pánico. Caminando hasta la encendida aorta,
lo creado inspira ríos iguales: se hace indolora
la hulla, cía el aire, el ave es un leve latir. Toda
la mar es centro, y la sangre, acuchillada, remonta
los peldaños de la música hasta que una aureola
de polen le da su lógica, la longitud de sus normas.
En su propio cataclismo hallan su inicio las cosas.
Los eucaliptos comprenden qué circular es su ahora.
En las naranjas hay fuego, fuego de ropas furiosas,
fuego lateral y abierto. Las larvas son una sola
herramienta, que difunde la luz del sueño. Las rocas
se transforman en crisálidas. Quienes viven ya no adoran
ni los campos homicidas ni las heces de la alondra.
La harina es celebración, estiércol vivo en la copa.
Atrás, bocas incompletas, bestias que agonizáis, hondas
como los dientes, entre urnas de bellísima ponzoña;
acabad también vosotros, indolentes hematomas.
Que las piras no procreen. Que el pulmón sólo recoja
los solitarios fractales de la vulva poderosa;
así renacerá el viento y sanará la luz rota;
así la sangre olerá a mirada y las antorchas
revivirán lentamente, como intactos axiomas,
bajo el callado metal del útero y de las rosas.
Está escrito en la hierba: es necesaria la aurora
para que no muera el cielo; son necesarias las horas
para que sobrevivamos al hierro. Los que enarbolan
agua y fuego en polémicas nupcias, leche tenebrosa,
que digan por qué nacieron, por qué jamás abandonan
su sanguíneo misterio. En el centro de una gota
está el cosmos; en el alma de una máquina, redondas
cordilleras; en el luto más blanco, ríos que imploran
un abrazo, una mirada; en una breve corola,
memoria, y montes, y sol, y clavículas absortas
en su propia oscuridad. Qué único el mundo, qué hermosa
la mujer que se divide, cómo intercambian las lobas
sus placentas vulneradas, cuántos pétalos, qué rojas,
qué precisas las cesáreas. El plástico se transforma
en un lúcido detritus. Se repliega la carcoma
hasta sus nidos aéreos. Una lengua luminosa
enseña cómo ignorar las quemaduras que asoman
entre tanta desnudez, entre tan ardua caoba.
Todo ha encontrado su rostro. La creación es una oda:
ceniza en cuyas esquinas selvas de pájaros brotan.
📖Reseña y Análisis Literario
El Poema II de 'La ordenación del miedo' de Eduardo Moga es una pieza de una densidad lírica sobrecogedora que explora la fragilidad humana y la naturaleza cíclica de la existencia. A través de un lenguaje visceral, el autor entrelaza lo biológico con lo cósmico, donde el cuerpo, la sangre y el útero se convierten en el epicentro de una cosmogonía personal. Moga utiliza imágenes potentes y, por momentos, perturbadoras —como las 'ascuas silenciosas' o el 'níveo idioma'— para retratar un mundo en constante mutación, donde el dolor y el renacimiento son dos caras de una misma moneda. El poema evoca una sensación de asombro ante la materia, sugiriendo que, incluso en el cataclismo y la decadencia, existe una lógica profunda y sagrada. Temas como la muerte, la fertilidad, el tiempo y la identidad se entrelazan en una reflexión sobre cómo el ser humano, frágil como el 'pánico' o 'todo hojas', intenta encontrar su lugar en un universo que oscila entre el desastre y la belleza pura. La emoción que prevalece es una melancolía esperanzada; el poema parece instar al lector a trascender la oscuridad mediante el reconocimiento de que la creación es, en sí misma, una 'oda' que brota de la propia ceniza.
🏛️Contexto Histórico
Eduardo Moga es una figura destacada de la poesía española contemporánea, vinculado a menudo con una estética que se aleja de las modas pasajeras para profundizar en el existencialismo y el rigor léxico. 'La ordenación del miedo' se inscribe en su etapa de madurez, marcada por un periodo de introspección donde el autor busca articular el caos de la experiencia moderna mediante una depuración del lenguaje. Su obra refleja las inquietudes del intelectual de finales del siglo XX y principios del XXI, inmerso en un mundo tecnificado y fracturado, buscando recuperar el sentido de lo sagrado a través de la naturaleza y el cuerpo.
✍️Figuras Literarias y Métrica
El poema presenta una métrica rica, destacando el uso recurrente de la rima asonante en 'o-a', que le otorga un ritmo hipnótico y solemne. Moga emplea un repertorio estilístico complejo: la metáfora es el pilar central (ej. 'las naranjas hay fuego', 'el hombre es todo hojas'), transformando objetos cotidianos en símbolos abstractos. Abundan las antítesis y paradojas, como 'la madera dolorosa' o 'piedras en flor', que buscan desestabilizar la lógica racional. Asimismo, el uso de la personificación (el mar tiene ruedas, la cebolla posee memoria) dota a la naturaleza de una agencia casi divina. La enumeración caótica y el uso frecuente de encabalgamientos refuerzan la sensación de un pensamiento que desborda las formas convencionales, permitiendo que la lírica fluya de manera orgánica, casi como un organismo vivo que se expande hacia el final de la obra.