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Nostalgia de por la tarde

a Bella El que tenía costumbre de poner las manos sobre la mesa blanca junto al pan y el agua, traje rugoso de fervor y alpaca, y aquella su esperanza filial en los domingos, ya no conmueve nunca el suave pensamiento de la fronda con el doblado consejo de su paso. Y el taciturno banco entre los álamos dormido y aquel campito hirsuto a quien las lluvias respetaban. Qué tedio los sepulta como la muerte a los ojos que no los cruza nunca la bendición de unas palomas, que tengo que soñarlos, mi amiga, tan despacio como quien sueña un grave color que nunca viera, como quien sueña un sueño y eso es todo. Porque quién vio jamás pasar al viejecillo de cándido sombrero bajo el puente ni al orador sagrado en la colina. Yo vi al lagarto de liviana sombra distraerse de pronto entre su sangre, quedar inmóvil, sí, tumbado, pesando e incapaz de confundirse ya nunca con la tierra. (El que tenía costumbre de cruzar las manos sobre la mesa blanca para mejor mirarnos, su mueca de morir cuándo la he visto, su mueca parda.) He visto al pez de indestructible púrpura, en la mañana arde como criatura perpetua de la llama, olvida los trabajos mugrientos de su sangre, yace perfecto y la madera sagrada lo levanta. Pero quién vio jamás el ruedo misterioso de tu falda mientras cortas las rosas en la tarde ni el roce y la tristeza de la lluvia como un ajeno llanto por mi cara. Porque quién vio jamás las cosas que yo amo.
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