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Ciego en plaza de toros

A la memoria de Alberto Acuña E. Un paso adelante, y puede morir el hombre; un paso atrás y puede morir el arte. José Alameda Porque la tarde apenas nacía en el reflejo de tus lentes oscuros, la barbilla reposada en las manos y las manos aferradas al báculo. Invidente ante la acción de la liturgia pero atento del rito y el sacrificio de la lidia en la arena. Porque a través de mis palabras imaginaste todo tipo de suertes que la muleta y la espada ofrecen -desde la suelta del toril hasta el arrastre- cuando están empuñadas con arte. Y entre jirones de humo recordabas colores inventados por la luz en el caudal del Mississippi, la marea lenta bajo el sol de siete mares, la voracidad del relámpago en el horizonte. Barbaján y siervo del mito que te acompañaba, sabías que no es lo mismo ver el toro desde la barrera: la agonía del escualo quebrado por el arpón, o el nombre del hijo muerto bordado en los labios. Abuelo, la sangre agraz hizo de ti un rostro adusto bajo el ala del sombrero; porque tu vida fue como la vida: partiste plaza dando palos de ciego.