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De cómo Robert Schumann fue vencido por los demonios (XXIX)

Dos años después de tu zambullida en el Rin, la niña Clara llegó a visitarte por última vez al manicomio de Endenich. El atardecer rodeaba de angustia su cabello. El aire tenía peso de vapor subterráneo. Creyendo que era la más reciente composición de Brahms le tendiste los brazos y te aferraste a ella con la serenidad de quien ya no es dueño de sí. Tus rasgos delataban escenas infantiles y alrededor todo parecía sagrado. Súbitamente aparecieron las convulsiones y el tono más alto del delirio. ¿Te acuerdas? Veías a la niña Clara como a un cisne de velada ternura, como a una estrella errante que se transfigura en gota de cera al caer sobre un manto de muselina. Ella, al adivinar la sed que te abrasaba, humedeció sus dedos en vino y los llevó a tus labios para que recuperaras el estado de gracia. Antes de traspasar Las Puertas de Marfil o de Cuerno, pronunciaste tus últimas palabras: mi y conozco. Querías decir mi Clara y que ya conocías el rostro de Dios, que el rostro de la Nada. La niña Clara salió a rogar por tu descanso y al volver, supo que el espíritu había sido arrancado de tu cuerpo. Te coronó de mirtos, se arrodilló ante la quietud que te cubría con su arena finísima y pidió a los demonios fortaleza para poder vivir sin ti.