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A ANDRÉS BASTERRA

Andrés, aunque te quitas la boina cuando paso y me llamas «señor», distanciándote un poco. reprobándome ?veo? que no lleve corbata, que trate falsamente de ser un tú cualquiera, que cambie los papeles ?tú por tú, tú barato?, que no sea el que exiges ?el amo respetable que te descansaría?, y me tiendes tu mano floja, rara, asusta como un triste estropajo de esclavo milenario, no somos dos extraños. Tus penas yo las sufro. Mas no puedo aliviarte de las tuyas dictando qué es lo justo y lo injusto. No sé si tienes hijos. No conozco tu casa, ni tus intimidades. Te he visto en mis talleres, día a día, durando, y nunca he distinguido si estabas triste, alegre, cansado, indiferente, nostálgico o borracho. Tampoco tú sabías cómo andaban mis nervios, ni que escribía versos ?siempre me ha avergonzado?, ni que yo y tú, directos, podíamos tocarnos, sin más ni más, ni menos, cordialmente furiosos, estrictamente amargos, anónimos, fallidos, descontentos a secas, mas pese a todo unidos como trabajadores. Estábamos unidos por la común tarea, por quehaceres viriles, por cierto ser conjunto, por labores sin duda poco sentimentales ?cumplir este pedido con tal costo a tal fecha; arreglar como sea esta máquina hoy mismo? y nunca nos hablamos de las cóleras frías, de los milagros machos, de cómo estos esfuerzos serán nuestra sustancia, y el sueldo y la familia, cosas vanas, remotas, accesorias, gratuitas, sin último sentido. Nunca como el trabajo por sí y en sí sagrado o sólo necesario. Andrés, tú lo comprendes. Andrés, tú eres un vasco. Contigo sí que puedo tratar de lo que importa, de materias primeras, resistencias opacas, cegueras sustanciales, ofrecidas a manos que sabían tocarlas, apreciarlas, pesarlas, valorarlas, herirlas, orgullosas, fabriles, materiales, curiosas. Tengo un título bello que tú entiendes: Madera, Pino rojo de Suecia y Haya brava de Hungría, Samanguilas y Okolas venidas de Guinea, Robles de Slavonía y Abetos del Mar Blanco, Pinoteas de Tampa, Mobile o Pensacola. Maderas, las maderas humildemente nobles, lentamente crecidas, cargadas de pasado, nutridas de secretos terrenos y paciencia, de primaveras justas, de duración callada, de savias sustanciadas, felizmente ascendentes. Maderas, las maderas buenas, limpias, sumisas, y el olor que expandían, y el gesto, el nudo, el vicio personal que tenían a veces ciertas rollas, la influencia escondida de ciertas tempestades, de haber crecido en esta, bien en otra ladera, de haber sorbido vagas corrientes aturdidas. Hay gentes que trabajan el hierro y el cemento; las hay dadas a espartos, o a conservas, o a granos, o a lanas, o a anilinas, o a vinos, o a carbones; las hay que sólo charlan y ponen telegramas mas sirven a su modo; las hay que entienden mucho de amiantos o de grasas, de prensas, celulosas, electrodos, nitratos; las hay, como nosotros, dadas a la madera, unidas por las sierras, los tupis, las machihembras, las herramientas fieras del héroe prometeico que entre otras nos concretan la tarea del hombre con dos manos, diez dedos. Tales son los oficios. Tales son las materias. Tal la forma de asalto del amor de la nuestra, la tuya, Andrés, la mía. Tal la oscura tarea que impone el ser un hombre. Tal la humildad que siento. Tal el peso que acepto. Tales los atrevidos esfuerzos contra un mundo que quisiera seguirse sin pena y sin cambio, pacífico y materno, remotamente manso, durmiendo en su materia. Tales, tercos, rebeldes, nosotros, con dos manos, transformándolo, fieros, construimos un mundo contra naturaleza, gloriosamente humano. Tales son los oficios. Tales son las materias. Tales son las dos manos del hombre, no ente abstracto. Tales son las humildes tareas que precisan la empresa prometeica. Tales son los trabajos comunes y distintos; tales son los orgullos, las rabias insistentes, los silencios mortales, los pecados secretos, los sarcasmos, las llamas, los cansancios, las lluvias; tales las resistencias no mentales que, brutas, obligan a los hombres a no explicar lo que hacen; tales sus peculiares maneras de no hablarse y unirse, sin embargo. Mira, Andrés, a los hombres con sus manos capaces, con manos que construyen armarios y dínamos, y versos y zapatos; con manos que manejan furiosas herramientas, fabrican, eficaces, tejidos, radios, casas, y otras veces se quedan inmóviles y abiertas sobre ese blanco absorto de una cuartilla muerta. Manos raras, humanas; manos de constructores, manos de amantes fieles hechas a la medida de un seno acariciado; manos desorientadas que el sufrimiento mueve a estrechar fuertemente, buscando la una en la otra. Están así los hombres con sus manos fabriles o bien sólo dolientes, con manos que a la postre no sé para qué sirven. Están así los hombres vestidos, con bolsillos para el púdico espanto de esas manos desnudas que se miran a solas, sintiéndolas extrañas. Están así los hombres y, en sus ojos, cambiadas, las cosas de muy dentro con las cosas de fuera, y el tranvía, y las nubes, y un instinto ?un hallazgo?, todo junto, cualquiera, todo único y sencillo, y efímero, importante, como esas cien nonadas que pasan o no pasan. Mira, Andrés, a los hombres, ya sentados, ya andando, tan raros si nos miran seriamente callados, tan raros si caminan, trabajan o se matan, tan raros si nos odian, tan raros si perdonan el daño inevitable, tan raros que si ríen nos enseñan los dientes, tan raros que si piensan se doblan de ironía. Mira, Andrés, a estos hombres. Míralos. Yo te miro. Mírame si es que aguantas. Dime que no vale la pena de que hablemos, dime cuánto silencio formó tu ser obrero, qué inútilmente escribo, qué mal gusto despliego. Mira, Andrés, cómo estamos unidos pese a todo, cómo estamos estando, qué ciegamente amamos. Aunque ya las palabras no nos sirven de nada, aunque nuestras fatigas no puedan explicarse y se tuerzan las bocas si tratamos de hablarnos, aunque desesperados, bien sea por inercia, terquedad o cansancio, metafísica rabia, locura de existentes que nunca se resignan, seguimos trabajando, cavando en el silencio, hay algo que conmueve y entiendes sin ideas si de pronto te estrecho febrilmente la mano. La mano, Andrés. Tu mano, medida de la mía.

📖Reseña y Análisis Literario

En 'A Andrés Basterra', Gabriel Celaya eleva la relación cotidiana entre un poeta-patrono y un trabajador industrial a una reflexión metafísica sobre la condición humana y la dignidad del esfuerzo. El poema trasciende la jerarquía social del taller, donde el 'amo' y el 'obrero' parecen distanciados por convenciones como la corbata o el trato formal, para encontrar una unión profunda en la materialidad del trabajo. Celaya explora la angustia del silencio comunicativo y la soledad existencial, utilizando el oficio (el trabajo con la madera, las sierras, las manos) como el lenguaje compartido que los iguala. El autor retrata una humanidad que, pese a sus penas, amarguras y la aparente inutilidad de las palabras, se redime a través de la 'empresa prometeica': el acto creativo de transformar el mundo con las manos. La emoción que emana es una melancolía esperanzada, un reconocimiento honesto de que, más allá de las clases sociales o los roles, la unión surge de la experiencia común de 'durar' y construir, sellada finalmente con un apretón de manos que condensa toda la verdad inefable del ser humano. Es un canto a la solidaridad obrera y a la lucha contra el sinsentido de la existencia, convirtiendo lo cotidiano en algo sagrado y trascendente.

🏛️Contexto Histórico

Gabriel Celaya fue una figura clave de la 'poesía social' española de la posguerra. Este poema refleja la realidad de los años 50 y 60, un periodo en el que España vivía una fuerte industrialización marcada por la austeridad y la represión franquista. Celaya, ingeniero de profesión, conocía de cerca el entorno fabril. Su obra busca romper el aislamiento de la élite intelectual, acercando la lírica a la clase obrera y convirtiendo la poesía en una herramienta de denuncia y comunión humana ante un sistema que alienaba al individuo.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema utiliza versos libres de gran longitud que dotan al discurso de un ritmo conversacional y solemne. Destacan las enumeraciones extensas (como en el caso de las maderas) que subrayan la riqueza sensorial y el respeto por el material de trabajo. Entre los recursos figuran la anáfora ('Tales son...', 'Mira, Andrés...', 'Tan raros...'), que confiere una cadencia casi litúrgica al texto. El uso de la metáfora del 'héroe prometeico' eleva el trabajo manual a categoría mítica. Además, destaca la antítesis entre el silencio (la incomunicación) y la acción (el trabajo), mientras que la 'mano' funciona como un símbolo recurrente, actuando como sinécdoque del ser humano y de la propia esencia del hombre como constructor de su destino.

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