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Flor azteca

Amigas mías Hay una especie de hombre que no les recomiendo. Es el hombre que ama a una cabeza y las propiedades que la caracterizan. Hay uno que sólo quiere oirme hablar verme mirar escuchar cómo escucho comprobar cómo pienso mientras mi cabeza completa con rulos cerebelo y pestañas con ideas deseos y orejas luce como un adorno encima de la mesa. Mirándome a los ojos con ternura repite día a día que le hace tanto bien charlar conmigo. En vano mis tobillos le hacen señas mientras mis manos intentan algún pequeño roce o algo nerviosas gesticulan un rápido lenguaje de emergencia en el que trato de explicarle que estos son otros tiempos que el antiguo combate entre cuerpos y almas no existe y no me agrada el rol del Bautista decapitado en la bandeja: que debajo de la mesa una segura y cálida prolongación de mi cabeza es a la vez una segura y cálida promesa de bienestar a su cabeza. Él Para hacer igualitaria la cosa y porque es considerado digamos una persona noble sólo se permite responder con su cabeza completa en la que descuento conviven labios neuronas y anhelos ojos sienes recuerdos y conceptos. Su voz acostumbrada a las bellas palabras me explica que no puede con las culpas y declara su amor a mi cabeza pero esconde celosísima las líneas de su cuerpo a los temblores animales del mío fatalmente impaciente debajo de la mesa. Como soy obstinada (mi cabeza lo es) intento atacarlo por sorpresa pero es irreductible su moral es de hierro entonces pienso en la seda caliente de mis suaves rincones y lo odio. Así ocurre finalmente que para darle el gusto y porque me conmueve su actitud de niño dibujando una casa yo me quedo muy quieta y cuando ya se ha ido suelo sacar la lengua. No puedo ocultarles que planeo venganzas. Deberán ser acordes a una flor azteca. Por ejemplo que un día cuando él crezca y me busque completa no encuentre nada debajo de la mesa.