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Carama (Fragmento)

Vi a los otros, y esa luz en sus ojos cerrados era una costra de serenidad. ¡Virgen de las siete piedras, se quedaron dormidos! ¿Qué se hizo el aguaviento y la palmera doncella mientras la vida era bañada por un gélido escozor? Las hojas cayeron al pie del árbol del 'he llegado'. Tan fríos estaban que casi sentí su color azul en la yema de mis dedos. Allí quedó el vendedor de biblias con los ojos nublados como escama de pez; traía una botella de ron blanco en el bolsillo de su pantalón, donde guardaba también unas monedas. Allí quedó Antonio José Orasmas vestido de caqui, de pie bajo el madroño, con fusil y charreteras de cincuenta balas y un cuchillo cacha de venado y su sombrero de pluma colombiana de gavilán colocada en la cinta de la copa. Y en la barranca más cercana los pasajeros de un vapor que extendían sus manos a la orilla para tomar algunos frutos se quedaron inmóviles, suspendidos en una calina entumecida. Dime luna, ¿qué haces en el cielo?, tus zarcillos de plata negra colocan sus rosas contra mi sudor. Pasaron cien, doscientos instantes secándome la boca, y por última vez miré la fachada de la antigua casa de gallos Los Marañones, en el friso habían pintado un ave que sostenía en sus patas una copa licorera y debajo la inscripción que apenas podía leer: Brindo por todas las aves. Yo tenía un mapa de esta ciudad, mi corazón de recién llegado lo fue trazando en el enlucido de las ventanas. San Fernando, aquella ciudad pequeña como Martinica. Hoy, mis palabras se han excluido. El paisaje ha desarmado sus piezas y el árbol y un trozo de río han vuelto a ser sólo partes. Hay un punto de llanto, una mancha blanca que ha tomado el lugar del todo armónico. Aquí estoy entre la utilería de antiguas representaciones. En las noches, cuando recuerdo a ciegas un lavamanos suelo beber un tazón de leche para matar el tedio. Sólo el oído trae noticias de tiempos que desconozco, el oído es mi salvación: Laguna de Mateo, campos de La Baisera, Mata de Santa María, Mata de Sánchez, Mata de Gutiérrez, cementerio de Cunaguaro, cerros de Aragualluna, lagunazo del Congrio Solo, caminos de Las Camazas, caño Las Hormigozas, ora pro nobis, ora pro nobis?

📖Reseña y Análisis Literario

El fragmento de 'Carama' de Igor Barreto constituye una pieza fundamental de la poesía contemporánea venezolana, donde la memoria y el paisaje se entrelazan mediante una estética de la ruina y la inmovilidad. El poema evoca una atmósfera de suspensión temporal, casi fotográfica, donde personajes arquetípicos —el vendedor de biblias, el militar, los pasajeros del vapor— quedan petrificados en un entorno rural que se desmorona ante la mirada lírica. La voz narrativa, imbuida de una melancolía existencial, registra no solo la degradación física del entorno en San Fernando de Apure, sino también la fragmentación de su propia percepción. Temas como el desarraigo, el tedio y la reconstrucción cartográfica del recuerdo son centrales. El texto transita desde la descripción casi realista de una topografía personal hacia una disolución metafísica, donde el 'todo armónico' del paisaje se desintegra en piezas aisladas. La mención final de toponimias locales, estructurada como una letanía o plegaria ('ora pro nobis'), eleva la geografía al plano de lo sagrado, sugiriendo que el lenguaje es el único refugio capaz de contener la memoria cuando la realidad ha perdido su cohesión inicial.

🏛️Contexto Histórico

Igor Barreto, figura prominente de la literatura venezolana, escribe desde una sensibilidad marcada por el desplazamiento y la observación aguda del llano. 'Carama' se inscribe en una tradición poética que busca rescatar la identidad de los pueblos del interior, alejándose de los centros urbanos. La obra refleja la crisis de la modernidad en las provincias venezolanas a finales del siglo XX, donde la historia local, las figuras icónicas del campo y la desaparición de las estructuras sociales antiguas se convierten en motivos de duelo personal y reflexión cultural sobre la pertenencia.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema emplea una técnica de enumeración caótica para evocar la atmósfera del entorno. Destaca el uso de metáforas visuales potentes como 'costra de serenidad' o 'ojos nublados como escama de pez', que otorgan una cualidad táctil y biológica a la muerte. Se observa una sinestesia constante ('sentí su color azul en la yema de mis dedos') que funde el plano sensorial con el afectivo. La métrica es libre y conversacional, priorizando el ritmo interno y la cadencia reflexiva sobre la rima. La repetición final de nombres geográficos actúa como un recurso enumerativo-litúrgico que, junto con el latinismo 'ora pro nobis', confiere al poema un cierre solemne y elegíaco.

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