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Poema.es

Escuchando la noche transfigurada de Schoenberg

Escasas fueron las noches que me gustaron. Cada mañana el humo del café caliente evocaba la bruma de la noche anterior, restos de demasiadas imágenes, lejanas como soles pasados, luces venidas de cosmos extintos. Heridos por el daño con que a solas inquieta lo que no consumamos o de ahogados fuegos se elevan fumarolas, ¿qué diremos de la noche si aún gotean en el alba sus momentos, y en el nuevo despertar nos hablan en voz ronca, con algo más vivo aún que las palabras, de un rostro, una voz, una piel y piden que palpiten de nuevo por nosotros? Viajeros con una brújula antigua que el rumbo equivoca, los días caen heridos como pomas. Ley de la gravitación de un destino que mira lentamente al poniente, como si la figura recostada en el tronco hubiera de levantar la mano, asir el fruto, convertir el azar en creencia. Y sin embargo hoy vuelvo a la noche maldiciendo la experiencia del día, y esta maldita luz, sobre todo, que tanta oscuridad deja en las cosas. De esta mañana sin importancia desertan las luces como humo llevado por el gran viento del norte, girando como un timón hacia las inexpresables ansias de la noche. Pero el humo es apenas una señal de las cosas. Y mientras asciende y se inclina la realidad se fragmenta como un río que desciende sobre el mapa, como senderos al comenzar los alcores, como brazos de estatuas tallados con la fragilidad del tiempo, rotos como nieve abolida en la sucesión congelada del tiempo. Después de todo no existe piedad en la vida. Apenas unas migajas de compasión que a menudo llamamos amistad, ternura, consuelo, cariño. Días que se cierran como puertas. ¿Podremos empujarlas y abrirlas? ¿Qué resistirá al recuerdo en cada uno de nosotros? Inútiles hipótesis sobre lo irremisible. He parado el reloj y desconectado el teléfono (en estricta observancia de un verso de Auden), cerrado la ventana y apagado los focos bajo la persuasión de esta música y sus notas dentelleadas como frutos mordidos en otro lugar y a deshora. Y ya que no tenemos un destino asignado, que nadie nunca se preocupó de fijar nuestro lugar entre estrellas, baste el roce de una piel, el susurro de una voz para iluminarlo todo, aunque sea el destello de un brillo ilusorio y al albor se abra como tapón de desagüe. Quizá sólo esté entregado a apegos extraños, y en mis palabras haya un código oculto, algo que excede a sí mismo y se extiende como círculos concéntricos al caer una piedra sobre las aguas verdosas, o el sonar de un señuelo que convence a los pájaros antes de contagiarnos también la feliz añagaza de sus cantos de viaje. Cruza la calle y el patio, pon la mano en el pomo, gira la llave. ¿Se ha abierto otra puerta? ¿Hacia dónde? ¿Ha entrado luz o negrura en el aire? La pregunta es absurda. Tal vez tú sepas de qué habla este poema, versos que trazan su deriva entre la materia y el anhelo; versos descreídos buscando obtener permanencia de la brevedad, un don de lo caído como manzana en la vida. Versos que ahora, simplemente, recobran la ternura de una de las pocas noches que me gustaron.