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Elegía de la pierna

A la sombra de su estatura bendice tú la harina de su hueso, ceniza caminante en triste enflaquecido músculo y piel de nardo. Para que vuele, para que no se incendie, sacúdele la rabia que la aniquila. Que en un grito alarido enorme resucite y si no, luego entonces nuevamente crucifícala. Ha callado tanto tan silenciosamente que ya no escucha, que no obedece más los desvaríos de aquél que habla, del que empinó en su copa toda la embriaguez del infortunio escondiéndose pronto luego en su corazón que sabe sólo dar caídas de ciego.