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Poema.es

A Federico, con unas violetas (II)

                              y recuerdo una brisa triste por los olivos                                                                                           F. G. L. Después de la prisa cansada de los últimos trenes nada vuelve. Sólo queda tu rostro sobre Broadway y es difícil, de tanta soledad, cerrar los ojos sin dudar que existes. Absurda esta lengua de fuego que parte el horizonte, que se extiende indomable sobre los corazones, multiforme y herida, que revienta y parece la sonrisa forzada de una máscara rota. Sola la ciudad se disfraza en un escalofrío y sus ojos te apuntan lineados y ciegos como un rastro de dientes que se olvide en los hombros. Entonces el alcohol es la sangre que desnuda los labios, porque viene la noche, porque llega la muerte sobre un brazo doblado para dejarte a solas con tus años. Triste por los olivos, mientras Harlem entorna sus ventanas, el tiempo es una brisa que ya nadie recuerda.