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Casa tomada

Es la historia de siempre, los intrusos se apoderan hasta de nuestros miedos más infantiles. Nada dejan librado al azar. La consumación del sueño, el asesinato de Trenton deslizado en la silla vacía del primer morador, las constelaciones de los primitivos enamorados que alguna vez pernoctaron por las raídas habitaciones. Por allí no pasaron ni arquitectos de medio pelo, ni ingenieros con la lengua doblada por el derrumbe del edificio contiguo ni la mano de obra desocupada por las atroces muertes del pasado. Alguien se equivocó de paradero y confundió la humedad de los cimientos con la barrendera de trenzas doradas, la ironía del tuerto con los rojos zócalos de la intemperie la pasión del amor con la seguridad del hastío. ¿Quién es quién en este desamparado aguantadero sin rosas ni madreselvas para ofrecer a las visitas hospitalarias? De algo estamos seguros: no habrá abogado capaz de aplicar la consabida ley de desalojo. Si han tomado la casa, es hora de partir hacia otro lugar.