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TONO CUARTO

(de Carta a Rubén) Yo recuerdo, Darío, que allá en mi adolescencia, yo decía estas cosas llenas de transparencia. Estas mismas que ahora tienen otra fragancia, a pesar de aquel vaho de tus bueyes de infancia. Mas por entre la niebla de mis barbas de loma me salen los recuerdos, frescos como palomas. Así, Rubén, lo mismo que una mano da trigo, el pasado se cae de mis labios, y digo: Era el tiempo en que tenía piececitos-aviones ante el fantasma de la policía. Y madrugaba nuestra fantasía para robar centavos, antes que la mañana tras la fragancia tibia de la panadería, fuese de puerta en puerta por la calle aldeana. Blanca de mundo y de cuidados vanos te me fugabas cuanto más crecía, igual que el globo que se me rompía si mucho le aventaba entre mis manos. Y tú, como aquel globo, te pusiste a crecer. Hoy ya no puedo, infancia, correr como corría. Me pesa tanto el hombre que no puedo correr. Ya ves Rubén, aquello, fue siempre manso, bueno: corría con la lluvia, temblaba con el trueno. ¿Tú también lo recuerdas? La barriga desnuda se chorreaba de miel, mientras los astilleros dedotes del abuelo a ratos fabricaban barquitos de papel. Era un juguete el tiempo. Pero, luego a la cosa, como tú ya lo sabes, le pusieron más espina que rosa. Yo no te estoy diciendo que hoy existe un Atila, pero tiene parientes... Los que ven mis pupilas. ¿No sientes un caballo, y la gran negra capa de un jinete que corre pisoteando este mapa? Esto pone a la infancia a crecer de repente, lo mismo que de súbito crece un agua de fuente. ¿Y qué pueden los Sócrates? ¿Qué pueden los Darío, cuando como temblores subterráneos pasan patas equinas que hacen brotar un río de venas de llantos sobre campos de cráneos? Mientras en las esquinas, de una ciudad remota, la novela de un brazo que alza una mano rota, dando cuerdas a un débil monótono organillo, le regala a la infancia su sonoro castillo, algo que ya no tienen los hombres de la tierra, hoy que haciendo las paces, es que hacemos la guerra Mañana pelearemos sin ir a la batalla, pues es la que nos mata, la guerra que se calla, y sólo encontraremos ?si algo encontramos hecho?, a la muerte perfecta como un odio en el lecho. Pero ahora no quiero seguir estos detalles, déjame que te hable de nuevo de mis cosas, tal como si de pronto te hallaras por la calle unos zapatos rotos... donde un canario tiene su más cómodo nido de poeta remoto... Así, Rubén, ayer, y quizá con razón, le dije cosas raras a mi Compadre Mon. Por ejemplo: Óyeme, Mon, un día, me enseñó a ser poeta el retazo de cielo de un viejo callejón, que siendo tan pequeño, me ensanchó el corazón. Limpio como los vientos del molino aldeano he salido desnudo en carne de conciencia, y parece que tengo la mañana en la mano. Hoy puede verme el hombre por mi abierta ventana. Me hallará transparente como el agua con cielo. ¡Me enseñó a hacer mi casa la mañana! Ya ves, Rubén, ya ves. Estas cosas las pudo sólo escribir la mano de una vida que tiene aún todo desnudo. ¿Cómo me haré contigo, infancia, que de nuevo, como un traje ya viejo, pero querido, uso? Nunca dejé de usarte. Todavía te llevo. Lloras un agua tan clara, que no parece dolor. Hoy está triste tu cara. Pero no tu corazón. Mira un niño que corre por la playa, parece que el otro niño, el mar, habla con él, y crece. Allí llena de cosmos su voz la caracola, donde nos habla en seco sólo Dios, de la ola. Allí, también, oh mar, tú solos, ¡sin nacer! Porque al nacer tan grandes no te vimos crecer. Oh tú que no te pudres, primavera del gnomo: suma sólo del cuándo, secreto fiel del cómo. Así, Rubén, tú rondas, tan transparente y fuerte que de pie ya te vemos, tú velando a la Muerte.

📖Reseña y Análisis Literario

En 'Tono cuarto', Manuel del Cabral establece un diálogo metafísico y nostálgico con la figura tutelar de Rubén Darío, utilizando la infancia como eje vertebrador de una reflexión sobre la pérdida de la inocencia frente a la brutalidad histórica. El poema transita desde una evocación lírica de la niñez —caracterizada por imágenes cotidianas de juegos, panaderías y juguetes humildes— hacia un presente convulso marcado por la violencia política y social. Cabral contrapone la transparencia del espíritu infantil con el 'peso' del hombre adulto, marcado por el miedo y la visión de 'campos de cráneos'. La obra es una meditación sobre la capacidad del poeta para preservar la pureza original a pesar de las 'espinas' del mundo. El tono evoluciona de la ternura biográfica a una denuncia existencial, donde el poeta se reconoce como un náufrago que, al igual que el niño que juega frente al mar, busca en la memoria y en la naturaleza una salvaguarda contra la decadencia. Es, en última instancia, una elegía a la inmanencia de la infancia que perdura como un 'traje viejo' que el poeta se resiste a abandonar ante la inminencia de la muerte.

🏛️Contexto Histórico

Manuel del Cabral (1907-1999) fue una de las voces más significativas de la literatura dominicana. Este poema se inscribe en su etapa de madurez, donde su poesía trasciende el vanguardismo para abrazar un compromiso humanista profundo. El 'tono' histórico que permea la obra refleja el clima de inestabilidad política en el Caribe de mediados del siglo XX, marcado por dictaduras y conflictos sociales, los cuales el autor metaforiza a través de la irrupción del caballo y la capa del jinete que pisa el mapa, simbolizando la amenaza constante sobre la libertad individual.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema destaca por su uso magistral de la metáfora y la sinestesia, como en 'fragancia tibia de la panadería' o 'campos de cráneos'. Cabral utiliza el hipérbaton y el encabalgamiento para dotar al verso de un ritmo reflexivo y pausado, casi conversacional. Se aprecian recursos de aliteración, especialmente en las sibilantes, que evocan la fluidez del mar y el agua. La métrica es libre y flexible, alternando versos de arte mayor y menor, lo cual aporta una cadencia orgánica que emula el flujo del pensamiento. El uso del apóstrofe al invocar a Rubén Darío funciona como un recurso de autorreflexión dialéctica, mientras que la personificación de la infancia como un 'traje' o una 'casa' refuerza la idea de la memoria como refugio.

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