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Octavas a la memoria de su hermano don Pedro de Helguero

Desgajado el ciprés, rota la lira, Mal concertado el susto con el canto, empiece el triste númen que me inspira a dar tímida voz envuelta en llanto; Que mal entre congojas se respira, Que poco explica quien padece tanto; Pero si he de cantar, sea el tormento El que sirva esta vez por instrumento. Amaba yo a Petronio gneroso Ufana de que fuese hermano mío, Miraba que a su genio belicoso Las Gracias asistían sin desvío, No desdeñando al joven animoso Docta, canora, sonorosa Clío; Gracias y Musas se unen a elevarle Y las Furias y Parca a derribarle. Heredó de Cantabria el ardimiento, Imitó del Gran Noja las acciones, Advertido ilustró su entendimiento Tomando de Minerva las lecciones; Supo dar a su empleo cumplimiento, Supo también robar las aficiones Cuando en el regio Nápoles florido Brilló gallardo y se explicó entendido. Del Betis caudaloso en la ribera Festivo divirtió los cortos años Logrando en la fortuna lisonjera Los aplausos de propios y extraños; Corrió veloz, y al fin de la carrera Enseñó a los mortales desengaños, Dejando entre cenizas sepultado El valor adquirido y heredado. Cuando el sabio Pastor americano Sulcaba el golfo por gozar su esposa, El furor atrevido de Vulcano Arrojó al vaso llama pavorosa; Diestro Petronio, con activa mano Cortó el incendio y dio quietud dichosa A los que ya entre sustos desmayaban en vista de la muerte que esperaban. No experimentó en Tolon el triste estrago Cuando en nave fatal dio providencia De un sitio a otro discurriendo vago, Armado de valor y de prudencia. El mismo fuego le sirvió de halago; No naufragó, que la alta Providencia A más glorioso fin le reservaba En morir por la fe que profesaba. Del mar funesto el agua procelosa Anegaba sangrienta el roto pino, Riesgos surca la gente lastimosa Sin rumbo, sin aliento, sin destino; Más avistando (bien que temerosa) A la excelsa colonia de Barquino, En su noble piedad hallaron puerto, Petronio triste y Olivares muerto. Cercábame el dolor un triste día En que más su peligro imaginaba, A su seguridad le persuadía Mi voz, que en los afectos se animaba; Desatendió la justa pena mía Porque de los temores se burlaba, Y en la causa infeliz de mis enojos Líquido el corazon corrió a los ojos. Volvió Petronio al mar y bramó el viento Enmudecen tritones y sirenas Ronco sonó el bélico instrumento, Infausto anuncio de futuras penas; Sólo Petronio, instado de su aliento Pisó ardiente las húmedas arenas Por acercarse al término preciso De que el mismo nacer le dio el aviso. ¿Adónde vas, Petronio valeroso? Huye del golfo, que Neptuno airado Oculta en su domino proceloso Agareno furor de fuego armado; Pero en vano es el ruego cariñoso Que el corazón te envidia lastimado; Magnánimo, constante, fiel y fuerte, mi voz no escuchas por buscar tu muerte. Descúbrense las naves enemigas; Da la española al viento la bandera, Corta veloz las olas cristalinas, Apresa a la otomana más velera; Petronio, con azañas peregrinas Mayor victoria conseguir espera; A seguir a la que huye se previene, Cuando su misma muerte le detiene. Bárbara mano, ¿cómo así atrevida, Con el fuego y el plomo has conspirado contra el cántabro bello, cuya vida En su perfecta edad has marchitado? De su valor el Africa ofendida Envidiosa, tirana se ha mostrado Y el infiel Ismael el tiro ha hecho En el rosado blanco de su pecho. Admirable divina providencia Independiente en tus operaciones, ¿Cómo al inmenso abismo de tu ciencia Podrán sondear humanas conprehensiones? Yo imagino, Señor, que fue clemencia Al alma libertar de sus prisiones; Tu juicio adoro, y víctima te ofrezco Con el dolor intenso que padezco. Murió Petronio, y el ingrato olvido También cruel su nombre ha sepultado; No hubo laurel, que desdeñoso ha huido De un mérito, aunque heroico, desgraciado; Sólo la bella tropa en quien ha sido Por sus amable prendas estimado, De su heroicidad imprime historia En el terso papel de la memoria.

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