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Ajena

Ajena a la cordura, con la pasión al hombro ensangren- tado por breves mordeduras de placer, camina. Nadie le ha dado un nombre. Todavía retumban en la plaza las aguas silenciosas del olvido, ciegas en la distancia de los cuerpos. Nadie la ha despojado. No hay más verdad que la que lleva a cuestas con los ojos abiertos y la palabra humilde. Porque nunca en el hartazgo del amor conoció el límite, el resplandor inmóvil del ahorcado. Ella sola es un cuerpo y su pregunta. Ella, una ofrenda y una túnica de esparto. Ella, la menor de todas las hermanas de la tierra, la que acaba de nacer y pide un canto, la que teje de día los hilos translúcidos de las mareas, la que teje de noche el manto negro del amor inmóvil. Ella, los pezones erectos, implora una vasija donde albergar la leche que un fauno va extrayendo con un diente de oro.

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