Quince incas frappé bailan en puntas sobre una loza de
bakelita: 1929-1989;
giran a velocidad de mapamundi,
glissando sobre irregulares trombosis y aneurismas.
Sus hidráulicos párpados de violonceleta
envuelven chulpas rodantes sacrificadas a la diosa
Germania,
como collas con frankensteines en los talles y ese torpe
kikirikí de las valkirias.
Camafeos brillantes soles en un bosque hiperbóreo,
románticos cripto-alemanes,
padres míos enterrados en el país de la imaginación,
bajo un monte de tibias derruidas
con los dedos artríticos entre anillos de coloratura,
que avanzan hacia el abismo eviscerando grandes
maletines.
Al centro de cada frente una piedra pulida por la
benedicencia,
quince incas de cuarzo bajo marcas de trineos en la nieve,
arropados con la doblada bandera de lo inexistente,
famélicos o hartos, según la inclinación del miocardio,
tensos de siglo en siglo como un cable helicoidal
a través de abismos góticos que estrangulan la luz del
Apurimac.
Sobre ese vacío a cuatro colores quince incas un romance
con la soledad,
la ópera que fue escrita sin libretto,
para que todos cantemos a capella,
socios en el secreto perturbable de la marginación: sueño en
una noche,
en medio del verano. Hombres y mujeres lampiños con
deslumbrantes brazaletes
corren del norte al sur como gacelas.
Quince incas han extraviado el anillo de plomo de los
nibelungos, digamos.
Las raíces de mi perplejidad flotan allí: sueño que sueño
en una noche en medio del verano, que me columpio en un
verdor sobresaltado,
burro cansado de la espera que es la experiencia,
con las ideas filosóficas que mi corazón todavía no contiene
pero elabora ya entre las afiladas plumas de rojos edredones.
Así comprendo el peso del desempleo en sus coturnos, sus
collares de vándalos
son relámpagos líricos en un slalom de seda, construidos
como padres
desde lo que ignoramos acerca de ellos, en el baile
enmascarado
de la historia
sobre la pradera de agua donde cada 24 horas en un
vómito
de oro
el sol y la luna son canjeados bajo su río de leche,
aumentan cada minuto el peso de los Keros sobre la
galaxia.
Incas imperdonados que bajan en trineo a la tristeza de las
lejanas pascuas,
de pieles suaves por la grasa de ganso,
o por la voz de un italiano opalescente, como un viento
temblolero,
mágico y ambiguo como la medianoche,
rodeado de gnomas chinescas de pies aletargados,
y de un burro que rumia entre las estrellas, cargado de
alfalfa
para centauros.
A través de las estepas que angostan sus pesas y medidas
o de todo aquello contra lo que se rebela el forro tejido
de mi corazón,
pasan patinando retazos de ñusta sanguinolenta, altas
astas
de pathos rilkeano,
como el insólito Inca prefiriendo morir
al grito de 'Ho jo to ho, heiaha heiaha'; inexistencia y
experiencia
hacen brotar de la huaca una pasta rosa, como espuma del
Índico en la madrugada.
Rodean sus corazones sondas y venas que nadie puede
diferenciar,
racimos de pedrones exactos como caballos blancos de
Viena,
confundidos con la turba de revoluciones cada vez más
alejadas:
Incas derribados por el verano perpendicular al trópico
sobre los sofás de mi cansancio eslavo soberano
en la mañana llena de nombres griegos que rematan en
poulos.
De todos me interesan los Incas que no fueron,
rascan mi palma con mensajes confusos que no dejan
duda,
y colocan frutadas mitades ante los espejos,
mientras la rueda de fuego que ilumina la kermesse del
futuro
los acerca y los aleja de la noche cuyo río de tinta
colma las tazas iridiscentes de la media mañana.
Veo a quince incas trans-celosías. La paraca
no logra limpiar de sus ceños una sequedad de trueno
molido.
En el equivalente mental de una ilusión óptica en la redondez
del tiempo,
supongo que me protegen de serpientes y estallidos.
Tallo morosos cristalinos que me asombran. A través del
vidrio pongo la mano al fuego,
y sufro por ellos las torturas laicas de un pensador pagano:
los comprendo.
Y ahora el fin de la canción. Natural:
shimmi shimmi sacha sacha shimmi shimmi sacha sacha.
Artificial:
shimi sacha sacha shimmi sacha shimmi sacha sacha sacha
shimmi.
Natural: sacha sacha shimmi shimmi sacha sacha.
Artificial:
sacha, shimi
sacha.
📖Reseña y Análisis Literario
En 'Quince incas', Mirko Lauer despliega una poética de la otredad y el anacronismo, articulada a través de un extrañamiento irónico. El poema funciona como una deconstrucción del mito incaico, filtrado por una sensibilidad cosmopolita y europea —notablemente germánica y operística— que desestabiliza la identidad nacional. Los 'quince incas' actúan como espectros, una suerte de autómatas de bakelita que oscilan entre el pasado glorioso y una modernidad alienante, marcada por la fragilidad física y la historia política del siglo XX. Lauer utiliza el 'Kamel-Trot', un baile de época, como eje rítmico para una danza macabra de la memoria donde la historia se vuelve un collage de elementos incongruentes: valkirias wagnerianas, estética frankensteiniana y la geografía sagrada de los Andes. El poema evoca una profunda melancolía existencial, cuestionando la validez de la tradición frente a la 'inexistencia' del presente. El hablante, en su 'cansancio eslavo', se reconoce en estos seres liminales, estableciendo un vínculo afectivo basado no en la filiación histórica, sino en la marginalidad compartida. La pieza concluye en una suerte de disolución fonética, donde el lenguaje cede paso al ritmo puro del baile, subrayando la artificialidad de cualquier intento de fijar la identidad mediante la palabra escrita.
🏛️Contexto Histórico
Publicado en el marco de la producción poética de Mirko Lauer, quien forma parte de la generación del 70 en el Perú, el poema dialoga con el 'Kamel-Trot Inkaico', una pieza musical y coreográfica real de la década de 1930. El autor utiliza este artefacto cultural kitsch de la preguerra para explorar la recepción eurocéntrica del pasado prehispánico y la crisis de identidad del sujeto peruano contemporáneo, marcado por el exilio y el cruce de influencias culturales.
✍️Figuras Literarias y Métrica
El estilo de Lauer es barroco y fragmentario. Emplea metáforas audaces como 'párpados de violonceleta' o 'quince incas de cuarzo', que fusionan lo orgánico con lo mecánico. Se observa una marcada técnica de montaje cinematográfico y un uso recurrente de la sinestesia. La métrica es de verso libre, con estrofas extensas de ritmo sincopado que emulan la danza. Destaca el uso de la alusión culta (referencias a Wagner, Rilke y la mitología) mezclada con léxico coloquial y técnico. El poema cierra con una onomatopeya rítmica ('shimmi shimmi sacha sacha') que actúa como contrapunto sonoro, desmantelando la estructura discursiva hacia la pura ejecución estética.