A Armando
Ni el tronco yo, ni tú la esbelta copa,
ni tallo ni renuevo desgajado.
Ven a la mesa. Escarchará la sopa
de seguir enfriándose a mi lado.
Si no probaras nunca más la cena,
furia, helor en mí: todo, menos pena.
Te pasó por tus fines de semana,
huésped innumerable, apaciguado
por fin en el nidal de una ventana.
¿Cabeceaste? Y al vuelo. Malas veces
punzantes al buscar un abismado
sueño por vida y vino hasta las heces.
Tan joven padre -en todo apresurado-,
creabas prematuro abuelo un día,
suspenso entre contento y resignado
con su creencia de que envejecía
por culpa tuya, un poco adelantado,
no por años ni penas todavía.
¿Se cumplió un vaticinio de gitana,
todo el caer cada segundo, cierto,
blando el cuerpo, el apoyo, hijo de lana?
Me enfurezco: te has muerto.
¿No debiste almorzar esa mañana,
después viajar orondo por el puerto?
Glorioso puerto el logro en el abismo,
cavada universal caverna eterna.
¡Ven! Y vuelve a caer conmigo mismo.
¡Cae! Amortigua el golpe aquí en mi pierna
fuerte de ambos, más mía, sí, que tuya.
¿Presto? ¡A cantarle a Dios doble aleluya!
Si fuéramos cayendo en fiel abrazo
filial, dar el perdón a Dios Destino,
aunque se porte doble y asesino,
ambos en el enredo de ese lazo
tendido en el alféizar hacia el alba,
sin que me grites: "¡Padre! ¿Quién me salva?"
Mejor solo al vacío, merecida
muerte por ser mayor, padre anhelante
de que plena se cumpla toda vida;
más la vida de un hijo desbordante
de generosidades, fuerzas, dones,
en poco tiempo frutos a montones.
...
La víscera dulzona me atraganta
con su oleaje en salada escaldadura,
honda la llaga sorda que supura.
¿Deleite en el sollozo? ¿Pena santa?
Siempre lo humano del vulgar consuelo
superable mil veces por el hielo.
Tierra sobre el quebranto. Fortaleza.
Erguirme edificando mi futuro,
solar palacio amable muro a muro
donde viva feliz de pieza en pieza...
cuando el muchacho pierde el mundo, todo;
todo el sol, el vivir, ¡y de qué modo!
Me recoja -mejor- árbol de furia
con sus ramas blasfemias en regazos
rencores; goce tenso entre los brazos
frondosos de odio -nunca de lujuria-,
sin rojos frutos hacia tentaciones
gulosas, ni sedantes floraciones.
¿Mejor vivir sin odio, resignado?
Tan evocable ante fecundos huertos,
¿Cómo olvidarlo? ¿En yermos o en desiertos,
sobre glaciares o en un mar nevado?
Si conjuro al demonio de la ira,
basura soy, que Dios tan limpio tira.
¡Eso! Transformarme en un guiñapo,
ser trapo limpiador de un suelo inmundo
de sentimientos. ¡No! Siento profundo
supurando, no pura cosa o trapo,
bola entera de nervios, pesadumbre
de viscoso rencor, viscosa lumbre
nadadora en sus lágrimas rabiosas,
batracio en la penumbra de su pozo
de llanto llovedor hasta el destrozo
con babas siderales, venenosas,
de la Tierra y galaxias que no lava
ni a lengüetadas Dios bajo la baba.
Devorara mi víscera una fiera
de selva que, de noche, repentina,
gracias a una piadosa orden divina,
desde el fondo del sueño me creciera
hasta el nido absoluto del reposo,
ya ni sombra del sol tan alevoso
...
Veloz, cruel de verdores el paisaje,
huertos jocundos como por sevicia
-garfio en mi carne la mortal noticia,
pendiente en autobús tardo mi viaje-;
las frutas, burlas de veneno eterno;
las frescas fresas, brasas del infierno.
Yo no abarcaba el daño, de increíble.
La tierra guarda atroz semilla al fondo.
Los rosales giraron en redondo:
dieron rosa de horror al fin visible.
Verdad malvado, súbita, desnuda,
breve desposa al buen dios de la duda.
Ángel negro el teléfono en mi oído,
batió el anuncio ni hoy más convincente.
¿Final de Armando? ¿Cómo? ¿Un accidente?
Golpe en la boca al ángel maldecido,
témpano interno mi primer sollozo.
¿Morir por nada siendo aún tan mozo?
Su faz, hasta absoluta en un segundo;
la sangre, un vino por traidora espita.
Piedad total -también por mí-, infinita.
¿No me quedaba de él nada en el mundo?
¿Su vida en flor sólo un fugaz boceto?
¡Frutos sus versos, sangre suya el nieto!
Me desprendo. ¿A la noche? Giro el hombro,
brazo al alféizar: tarde. Mi caída.
La Tierra también cae desprendida.
Morir: mi solitario, enorme asombro.
Me vuelve lo fatal más sabio y fuerte.
¿La vida se me va? También la muerte;
mi afán de contemplar las luces bellas
sentado a la ventana -mortal causa-;
mi vértigo al caer sin pía pausa;
¿pero no asciendo al mar de las estrellas?
Por fin al alba el absoluto ocaso;
choque de sol y luna; Dios; el paso
Por la ventana, al alba, su figura
vi un día tan gallarda a la salida
suya, en mitad del patio detenida,
dudosa, pese al ímpetu y premura,
que sentí con mi orgullo el raro daño
de un padre fuerte o un hijo rey extraño.
📖Reseña y Análisis Literario
El poema «Padre» de Alberto Rubio es una estremecedora elegía dedicada a su hijo Armando, cuyo eje central es la vivencia desgarradora del duelo paterno ante una muerte trágica e imprevista. La obra explora la ruptura violenta del orden natural de la existencia, donde el padre sobrevive al hijo, desatando una vorágine emocional que transita entre la incredulidad, la rabia, el dolor visceral y el desamparo existencial.A lo largo del texto, el hablante lírico rechaza de manera explícita el consuelo superficial o la resignación piadosa, prefiriendo la furia y el hielo emocional antes que amortiguar la magnitud de su pérdida. La angustia no se retrata como una abstracción filosófica, sino como una dolencia corporizada: una herida física que supura, náusea, llanto amargo y contracción nerviosa. El poema fluctúa constantemente entre el deseo imposible de retroceder el tiempo, el impulso de arrojarse al vacío para acompañar al joven en su caída y la evocación nostálgica de su vitalidad e intelecto truncados.Finalmente, la obra se consolida como un testimonio poético de devastadora honestidad sobre el amor filial, el peso del destino y la paradoja de continuar viviendo cuando la vida del hijo —prometedora y llena de frutos— ha sido arrebatada de forma intempestiva.
🏛️Contexto Histórico
Alberto Rubio (1928-2002) fue un destacado poeta chileno perteneciente a la Generación del 50, grupo caracterizado por su maestría formal y su mirada crítica e intimista. El poema posee un directo y trágico trasfondo biográfico: está dedicado a su hijo, Armando Rubio Huidobro, un prometedor poeta de 25 años que falleció trágicamente en 1980 tras caer desde una ventana en Santiago de Chile. Esta pérdida marcó un hito de dolor en la vida y obra del autor, así como en la tradición poética familiar que continuó posteriormente su nieto, Rafael Rubio.
✍️Figuras Literarias y Métrica
1. Metáforas e imágenes oscuras: Destacan «Ángel negro el teléfono» (representación de la llamada que anuncia la tragedia), «témpano interno mi primer sollozo» y «árbol de furia», que corporizan el impacto psicológico del duelo.2. Oxímoron y antítesis: Uso de yuxtaposiciones dramáticas como «frescas fresas, brasas del infierno» o «glorioso puerto el logro en el abismo», reflejando la distorsión del mundo exterior ante la mirada del padre acongojado.3. Apóstrofe: Apelación directa al hijo ausente («¡Ven! Y vuelve a caer conmigo mismo»), lo que imprime un tono dramático y conversacional de extrema vulnerabilidad.4. Métrica y encabalgamiento: Predominio de versos endecasílabos con rimas consonantes y libres. El uso frecuente del encabalgamiento rompe el ritmo natural del verso, simulando la asfixia, el tropiezo y la desestabilización emocional del hablante.