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Perversificaciones (fragmentos)

16 Cuando llegaste al ascensor se puso color de tu cabello el aire todo. Todo era rubio como tú y bellísimo. Tus piernas paseaban en los ojos de cuantos iban ascendiendo al cielo y a la planta tercera. Y yo, que estaba tras ti, tan indefenso, contemplando la luz de tus caderas no usuales, cuando apoyaste sobre mí tu cuerpo y vino a regalarme un dios y a verme, sentí que el pantalón se entusiasmaba y que, dentro de él, nuevo el verano, iba a buscarte el sol que le ofrecías, muriéndose de pie, bajo el vestido. 17 De todo cuanto estuvo en el espejo -góndola bella que al amor rendía y que yo deseé como otros muchos que te gozaron- no te queda sino memoria que se fue. Mas no te duelas en esta circunstancia no punible de perder mi apetito ni el de aquellos. Puedes, lasciva, mejorarlo sólo con ofertar mullida la demanda que fue famosa desde tantas voces. Y así ofrecerle -toda guía es ciega- y un poco más de tu redondo asilo a quien te compre su placer al peso. 18 Te falta indecisión, miedo y un poco de sabor a mujer, pues eres joven y, aun sabiendo la mucha miel oculta que en poca edad para el amor se ofrece, yo, que a lo hermoso no rehusé hasta ahora, lamento confesar, ante tu oferta de hojaldre quebradizo y pan caliente, no haber cumplido esos sesenta años en que se aprende a agradecer un postre. 19 Ya nunca pensaré, cuando esté libre de lo imposible de este amor, que tienes los ojos parecidos a las aves y un sexo en el que yo me quedaría a pasar este invierno. Pondré un hilo de seda al corazón por no olvidarme que tengo que olvidar. Y hacer posible lo que sé no es posible. Porque eres lo más bello, en el otro, de este mundo. 20 De todas las que amé, tú eres la única que, lo que nadie supo hacer, lo supo. e hiciste bien. Pues luego de marcharte de mí, que te adoré, tan largo tiempo de andar pidiendo a innumerables otras repitan el camino que anduviste, ninguna alcanza a ti. De tal manera que, decidido como estoy a verte y tú dispuesta a no olvidar mi afecto, te ruego que ejercites con los otros tu inigualable perfección aquélla hasta que puedas, otra vez, matarme. 23 A ti, que ya has dejado de alegrarme como lo hicieras en aquel verano, te vengo a ver las tardes de este invierno huidizo hasta tu casa de la nieve. Porque ya no te quiero. Así que, cuando solícita me obligas a aceptarte y accedo a lo que pides por el frío, no pienses que es mi amor el que a ti acude. 26 Tardará más o menos, pero un día, sin que nos demos cuenta, habrás caído en redes del amor. Y, cuando quieras huir de lo que amas, no habrá mano que te libre de mí. Ni yo tampoco desasirme podré. Pues ese juego, que sólo procurara complacerme con la demanda de tu carne joven, convertido se habrá ya en lo que nadie deshacerlo podrá, ni tú no amándome. 28 Cuando nos fuimos a acostar, en ese momento confidente de quitarnos las ropas y de hablar de inanidades, me sorprendió que una mujer hermosa como eras tú, tuviese a media noche, tan corta luz con que alumbrar la escena. Cuenta me di que tu caligrafía no era lo grácil que pensé al cazarte y tu sintaxis resultaba oscura. Bien visto, qué más daba. Estabas buena como un durazno, tu caliente hogaza no era igual ni común -torpe y lentísima- y te gustaba compartir mi cuerpo... Lo demás un exceso hubiera sido. 36 Has hecho bien en olvidarme. Hubiera apagado ese fuego aquella noche sólo dos veces más, y sólo a ratos, y tú pides el mar en cada instante. Así que has hecho bien. Mas compadezco a aquel que tendrá sitio ya en tu hoguera, pues no sabe el traidor qué incendio el tuyo cuando imagines que conmigo yaces. 37 Después de que te fueras, no poseo ni siquiera mis ojos. Y hoy querría tenerlos en tus pechos todavía y temblar, como entonces, de deseo. Ya inútiles sin ti desde aquel día en que, desnuda, me dejaras ciego, por saber no habría nunca ya otro luego, los di a tu cuerpo. Y a tu lejanía. 38 De todos los lugares donde hicimos arder tu juventud, recuerdo como sitio nunca olvidable la bañera, a la cual me llevaste -yo tan limpio de cuerpo y corazón- con el sigilo de darme a conocer, líquido, el fuego. Y, en verdad, conocí cuánta y distinta puede la lava ser en los volcanes. Fue tan perfecta la ocasión de amarnos igual que los delfines en el agua -ahogándonos a ratos y creciendo por encima del mar: muslos convictos, senos en desazón, piel en naufragio, la hirviente red en la que el pez moría-, que, desde entonces, casi medio año -limpio de corazón y no de cuerpo-, no me he vuelto a bañar por olvidarte. 39 Nadie tuvo la suerte que yo tuve la vez que te encontré. Pero ninguno tampoco desdichado como fuera yo aquella tarde junto a ti, preciosa. Pues te probé en sazón, como a las uvas dispuestas a romper entre los dedos su joven zumo tras la piel guardado. Y fui feliz y, al parecer, lo eras. Mas también desdichado, porque hoy busco por los mercados y las fruterías y nadie ofrecer puede otro racimo tan distinto al sabor como fue el tuyo. 40 Al desvestirte observo tu belleza lo mucho sobrepasa en varios dones, y es comprensible que, al censar tus bienes te acosen deseándote los ojos y quieran sostenerte tantos labios en mitad de la noche. No prudente, oh incitadora del incendio ajeno, será poner a prueba cuánto abarcas ni cuántos pueden resistir tu canto. Vigila que tu cuerpo tomó dueño y, aunque torpe su esmero ante tal tuyo, fiel has de ser a quien te desposara. Por eso, y comprendiendo cuán difícil rehuir la incitación que en ti prodigas incluso para aquél que es tu marido, por esta vez perdonaré tu engaño. Con él acepto sólo me traiciones. 42 Sé que preguntas aún por mí, que quieres volver conmigo y recobrar el tiempo perdido con aquél que te encontrara. Si volviese a tu amor me perdería esta vez yo, y al caminar lo andado. Mucho es el riesgo de adorarte, diosa. Pues no quisiera malversar de nuevo mi prestigio de adúltero con alguien que pudiera esta vez abandonarme quién sabe si quizás por su marido. 49 Ella no es joven. Mas las dos estáis por dentro y fuera, hechas de la misma materia y proporción, cuerpo con algas donde olvidarse, pues tenéis el mismo espacio de la flor en que oler mucho por cuantas veces cada tiempo exija. Conoces bien que, de las dos, tú eres quien puede más. Que nadie pone en hora el reloj de mi amor como tú haces al llegar el verano. Pero el año tiene doce meses que son distancia grande. Y si ella cerca cuando tú lejana, ¿que puedo hacer sino sufrir paciente su mucha caridad con tu marido? 50 Te he sido infiel innumerables veces. Mas, si ello te consuela, de esas muchas, sólo dos repetirlas merecieron. Las otras fueron del montón e ingratas y no procede ni lamento ahora. 51 Si los ojos dejaran sus señales en aquello miran, no pudieras moverte ni ya andar. Porque tendrías heridas y arañazos en las piernas, cicatrices de amor, rastros de hambre, mordiscos de jaguar bajo tus medias. 52 Cuando es la noche y, en mi cama, a solas, pasan los trigos con tu piel, tus pechos del tamaño del agua, las cerezas maduras que comí o el cuerpo tuyo que ha nacido perfecto; cuando todo huele a la noche que tu flor me abriera, no tengo otro consuelo que abrasarme, fingirme otra vez yo, darle a la mano lugar donde mentir lo que, allí sido, repite de tu amor lo que, ay, no eres. 56 Desde que no me esperas y el deseo se muere a media tarde sin la cita, alguien, que no eres tú y a ti parece, siempre a las horas en que te veía, pone al olvido -a tu recuerdo- un dardo. Camina como tú y, a veces, utiliza, para mentirse a mi interés, del cuerpo que niega -ya oferente- su vendimia, como si tú le hubieses dicho tiene que ser cual tú para que me consiga. 58 Estoy pensando en serio que no vuelvo a subir, porque siempre haces lo mismo cuando me llevas a tu casa. Pides que intente ser feliz, mientras desnudas muy despacio mi cuerpo. Me colocas en una posición de estatua griega que distiende voraz su lozanía pidiendo en ti anidar su prisa tanta. Y en lugar de incitarme a que te ame, que es justo a lo venido, a las dos horas de hacerme mármol para ti, me dices no alcanzas a saber quién te recuerdo.