El campo,
un espacio donde los niños
confunden la belleza con la felicidad;
la luz los atonta, el flash doméstico
y natural los oculta en catacumbas, agujeros
negros, blancos conventos insonorizados,
sin follaje...
oh pequeños religiosos de la exigencia:
una sonrisita fosforescente y acústica
y un abracito afectado que se conoce
en esa especie de Vacío Mundo
en otra más lejana galáctica
insaciable risita que lucha.
Todas las astillas cósmicas.
Todos los hilos agámicos.
Todas las taciturnas
vocecitas en la luz amarilla,
intensa, de azufre fosforescente
y de luciérnaga que agoniza.
nosotros en ese campo expulsado
donde la fatiga es imprevista
con sus misteriosos eclipses...
La insistencia de un pánico silvestre
y los diminutivos con que Arturito recorre
su paciencia, su olvido en todo lo que se
afinca como parpadeo.
Las cajas del sueño donde el poder dormir
como volver a morir se precipita; el aire
se funde con la luz oscura y el agua con
los desplazamientos del rumor acuático
imanes, imanes de felicidades remotas mímicas
en los estados de belleza pura, y variaciones
mágicas con dedos de reptil, pero ese reptil
de miniatura africana
que salta continuamente en el hirviente
desierto de arena para no escaldarse y
vivir al unísono,
para que el día entre en él por todas sus
semejantes, ínfimas, innumerables huellas
para que la presencia insaciable del día
no lo adormezca;
sin embargo,
a ellos otros espero, anhelo,
anillo sus múltiples exigencias.
Puedo envejecer esperándolos en otra humanidad
y puedo otra vez nacer; estar como un fruto
en corona, esperando el picotazo de otros
mundos,
la vida de cada minúscula noche hacia el mar.
Ellos,
bienes dormidos bajo estatuas de olmos, gnomos,
tesoros en cofres de pirotecnias perpetuas,
aún en el vacío insonoro, atraídos como ranas
En la inquietud de los estanques o el mar,
sobre la vasta ola roma, sin cresta, alzándose
silenciosa sobre el amor:
minutos sin ley ni astros
tiempos sin cuerpo ni deseo
espacios donde se cortan los afectos
a cada exiguo pie de un hombre.
Son niños siempre y
niños en un festín donde
se desconocen los nombres
Niños arrancados del cuerpo y
del corazón, como raicillas que
ya hubieran echado en otros niños
su ligazón; en otros pensamientos
su dolorosa espesura.
Niños explosiones acústicas
Niños ortigas del verano; a un punto
en la seda
vienen a mirar faisanes;
un círculo luminoso donde caen
todas las remotas ideologías naturales
y todas nuestras cósmicas huellas
estrelladas: los niños.
duelo de no pertenecer
duelo de las sabidurías desconocidas
sin órganos
sin ostentación y sin goces
duelo de apartarse dudando del patio
de la dicha: donde allí todo nos
sosegaba como sofocado dolor
aquí todo nos despierta
aquí somos el sobresalto del lince
aquí el sueño oculta
la alegría del secreto
Aquí la verdad solitaria derrumba
el placer
y el placer no sostiene
el secreto no sostiene
el despertar no me sostiene,
su realidad,
es más devastadora que el deseo
¿Qué es?
Es la desesperación
que nos impone como un sueño
el vacío, el campo...
Vaho amarillo y los diablitos
riéndose. Arrastran un perrito,
escriben una eme majestuosa;
las brujas-lolita con sus mechones
eléctricos y sus malcriadas muñecas,
la voz del perrito; los dientes de las cosas;
la acústica estirpe china del súbito día
(el té).
Los niños.
Sus rasos borran la única fiesta,
la única mentira, la única verdad,
la única risa.
No te alejes más.
No te alejes más.
¿Qué haré sin los ojillos de tu faisán?
Sin tus gestos como picotazos dorados.
Mi desesperación clavada en el deseo
como un colibrí salvaje en la
gigantesca flor acuática. La hipertrófica
magnolia del deseo:
un limón escarlata y óxido de hierro la van
centrando con sus suavísimos ganchos:
la abeja allí se empolva, los zánganos
conocen y reconocen: desconocen
El campo, la noche y
sus caretas de olores
que no enmascaran, los
mensajes cortados y los
gritos suntuosos;
la noche con sus señales
de amores de alfalfas y
alfabetos de sapos y
telarañas.
Magnolia del zorrino
con su chorro de humos acres
¿Nada sostendría?
¿Nada consentiría en su risa de chaparrones
de blancos y agrios fuegos
luminosos?
Es la madrugada: ¿pero cómo...?
Los niños se duermen:
fácilmente se duermen sobre estos clavos
de azúcar, fakires del infinito turbulento.
El campo tiembla.
El campo nuestro. (...el delirio, los surcos
de la lava del alba. El agua donde amanecemos.
Los terrores poderosos giran en torno a
objetos sin valor. ¿Te acordás? Fase del
desprecio, incluso por el no...
El No de un amarillo vibratorio,
los girasoles en el vozarrón del día
y el humo del atardecer, los ojos
en la cabeza leñosa
en el espumoso anaranjado del sol.
No te alejes más.
No te alejes más.
el deseo desdibuja en su plumosa tierra
un espacio: "que no te despierten todavía,
y que no hiervan la leche todavía".
Multiplicidades. Multiplicidades
secretas
Lo que pasa durante la tarde
como los pequeños frutos de las intensidades
se abre, como un último frutillo
en las fogatas anaranjadas
Deja que bajo nuestra incertidumbre
croe lo incierto: el agro de la espera,
la niñita que baila... la patria de San Juan
y esas inquisitorias cartas que quemaste
para cocer la langosta y las habas:
La pintura es la extensión más sutil
📖Reseña y Análisis Literario
En 'Crepúsculo argentino', Arturo Carrera despliega una compleja red sensorial donde la infancia se presenta no como un estado de inocencia, sino como un territorio metafísico, casi cósmico, habitado por seres que operan en un vacío existencial. El poema orbita en torno a la tensión entre la belleza y la crueldad, donde los niños son vistos como 'pequeños religiosos de la exigencia' que habitan un campo que funciona a la vez como un edén y como una catacumba insonorizada. La voz lírica experimenta una angustia profunda ante la impermanencia, donde el deseo se vuelve una 'hipertrófica magnolia' y la realidad se deshace en fragmentos sensoriales. La naturaleza —los faisanes, los girasoles, el olor a azufre— actúa como un espejo de un mundo que, aunque lleno de luz amarilla y fosforescente, está imbuido de una tristeza melancólica y una desesperación solitaria. Carrera utiliza la multiplicidad y el detalle diminuto para capturar instantes que se escapan, creando una atmósfera onírica donde la infancia y el deseo se funden en el 'duelo de no pertenecer'. Es un poema que explora la fragilidad de la identidad ante la inmensidad del tiempo y el olvido, donde el acto de dormir se siente como un ensayo constante de la muerte.
🏛️Contexto Histórico
Arturo Carrera es una figura central de la neobarroca argentina, vinculado a la revista 'Xul' y a un círculo de poetas que, en las décadas de 1970 y 1980, buscaron romper con el realismo social imperante. Su obra se caracteriza por una poética de la proliferación y el artificio. Este poema en particular refleja la atmósfera de una Argentina marcada por la convulsión política y la introspección, donde el autor utiliza el paisaje rural no como escenario geográfico, sino como un laboratorio lingüístico para explorar la subjetividad, la pérdida y la extrañeza del ser en un entorno que parece desmoronarse bajo una luz febril.
✍️Figuras Literarias y Métrica
El poema se construye mediante el uso intensivo de la metáfora sensorial y la sinestesia (ej. 'sonrisita fosforescente y acústica', 'olor a azufre'). Predomina el versolibrismo con una métrica irregular que enfatiza la fragmentación del pensamiento. Destaca el uso de la enumeración caótica y la anáfora ('Todas las...', 'Niños...'), que otorgan un ritmo incantatorio y acumulativo al texto. Se observan constantes hipérboles que magnifican el deseo y la desesperación, junto con una imaginería surrealista donde el 'pequeño fruto de las intensidades' o el 'limón escarlata' actúan como condensaciones simbólicas. El estilo de Carrera se aleja de la estructura tradicional para favorecer una escritura de 'superficies' y 'multiplicidades', donde cada palabra parece una astilla cósmica en el vacío.