A ti, Coatlicue, Madre omnipresente;
principio y fin de todo ser terrenal.
Cuando dormías, Madre
?elásticas hamacas mecidas por el tiempo?,
halo de niebla apenas
en la blanca serpiente de tu órbita,
un diamante de labio transparente
cristalizó la sombra de tu cuerpo.
Tu corazón fue líquida mirada,
juventud sideral enamorada.
En tu vientre, la rosa giratoria congregando vertientes,
igniscentes anillos, vorágines en danza;
caos elementales de esférica alegría...
Y tu piel invisible se fue haciendo manzana.
Primavera terrestre en los cielos nupciales:
manto de aérea nube, satélite de plata,
lenta falda de víboras sedientas,
germinal atributo de oscuras dinastías
entrelazado génesis mortales.
Aprendiste en silencio el secreto profundo;
los varones del sol te lo dijeron
luz a luz, rayo a rayo, en las entrañas.
Fueron en ti las duras raíces de las piedras,
las estaciones broncas, las causas vegetales,
metrópolis enhiestas de verde muchedumbre,
litorales de sílabas cautivas
en los ojos de luces minerales.
Amaneceres, muertes, nacimientos.
Borbotaron fecundos manantiales
al áspero pezón de la montaña
y juntaste en el cuenco de la mano
los mares verticales de tus lágrimas.
Un día primordial edificaste
la arquitectura grácil del poema
?¿almendra del anhelo!?
y el Hombre fulguró en la superficie
del frutal paraíso de tu sueño;
en la espina y la roca conmovida,
en el ala tendida del relámpago,
en la cuna solar de las crisálidas,
en el vértigo vivo del océano.
Le llamaste con todos los nombres de los seres:
pétalo rojo, sorprendido insecto,
fosforescente fiera del corazón del monte
y pájaros y peces de dorada centella.
Horas de soledad y fantasía
ensayando contornos, volúmenes, colores,
en el fruto esperado de la siembra:
¿Cómo será el delirio como espuma?
¿Y la mano del viento como ola?
¿Y la noche en el ojo de la estrella?
El amor con los dedos del silencio
construía la tela de tus cielos...
Apareció la imagen bajo perfil humano:
¡Niebla y polvo cayeron en su mínimo espejo!
Surgió para decir las formas nuevas
que no alcanza tu mano de inocencia,
para viajar tus signos infinitos,
multiplicar por dos tu pensamiento,
escuchar tu canción en su palabra
y poder abrazar tu propio pecho
cuando en ti se desnudan los amantes.
Y abarcar tu destino, poseído
en la suma total de las presencias:
amar tu amor en el espacio abierto,
en el fondo marino de la sangre,
en el barro que anuda las distancias,
en la perla de sal que nos dejaste;
repetir tu latido en la tiniebla
de la frente quebrada del cadáver.
Ahora estás mirándome en mí misma
como el eco insondable del espejo:
Inmensurable Madre,
sembradora
pasión desesperada,
hacedora implacable,
grano a grano preñada,
gigante paridora.
Cosechera,
mandíbula feroz,
ávida espiga,
grávida golosa,
volcánica, tenaz,
Diosa legítima,
Coatlicue sin quietud,
¡Devoradora!
Madre nuestra La Tierra
que fluyes en el poro de todo lo viviente,
reflejas tu emoción en los plurales,
caminas desde el centro de lo Uno,
prologas el hechizo de los números pares;
que rondas en el paso y la caída,
respiras en el hueco sonoro de la noche,
sonríes en el astro de fuegos tutelares
y en los trémulos cauces del verbo de la leche.
Mueren las extensiones en tus brazos,
de ti nacen honduras y pilares;
¡Qué sabor de granada turbulenta!
¡Qué perfume colérico de sangre!
Eres punto y esfera, muslo de agua,
nido y fosa y atmósfera radiante,
y todas las palabras y los niños
y los gajos de todas las naranjas.
Gravitas en los cálices ocultos,
en la rama calcárea de mis huesos,
en mi vientre de sombra sacudida,
en la memoria de algo
que de ti se desprende y conmigo comienza.
Turba mis continentes tu frescura entrañable
transitada del río callado del misterio,
húmeda de esqueletos y yerba derretida,
devastados veranos y pétreos yacimientos.
¡Tierra de sumergido paraíso
en donde no hay lugar para el destierro!
Ante los horizontes del abismo
en que vierte universos lo perpetuo,
interrogo a la luna de mi muerte:
¿Cómo será la luz como semilla?
¿Y la raíz profunda como vuelo?
¿Y el pacto del silencio y el silencio?
Cuando tomo en mis manos un puñado de tierra
y resbalan sombríos planetas por mi tacto,
me ahoga una ternura dolorosa de niebla,
derrúmbanse los arcos de mi nombre
y ruedo hasta los últimos paisajes
de la tierra que sube por mis labios.
📖Reseña y Análisis Literario
En 'Madre nuestra la tierra', Aurora Reyes despliega una cosmovisión profunda que fusiona el mito prehispánico con una lírica existencialista. La figura de Coatlicue sirve como eje articulador, no solo como una deidad antigua, sino como una fuerza geológica y biológica omnipresente que encarna la dualidad creadora y destructora de la naturaleza. El poema traza una genealogía de la existencia, desde el caos primigenio hasta la aparición del ser humano, visto este como un espejo necesario que permite a la tierra 'pensarse' y 'nombrarse'. La autora logra trascender la visión romántica de la naturaleza para presentarla como un organismo devorador, fértil y consciente. Las emociones evocadas transitan entre la reverencia mística, el horror ante la magnitud de lo natural y una profunda melancolía que surge al reconocer la finitud humana frente a la eternidad geológica. Reyes utiliza un lenguaje cargado de imágenes sensuales y óseas, logrando que el lector perciba la conexión física entre su propio cuerpo y el barro del mundo. Es un poema sobre la pertenencia, la identidad y el retorno inevitable al polvo, donde la figura materna es, simultáneamente, cuna y sepultura en un ciclo infinito de transformación.
🏛️Contexto Histórico
Aurora Reyes, reconocida como la primera mujer muralista mexicana, fue una figura clave del muralismo y activista comprometida. Su obra está fuertemente influenciada por el nacionalismo post-revolucionario y el indigenismo, que buscaban rescatar las raíces prehispánicas como base de la identidad mexicana. Este poema refleja su sensibilidad artística, profundamente conectada con la tierra y el humanismo, en un periodo donde se revalorizaba el papel de la mujer y el mito indígena frente a la modernidad occidental.
✍️Figuras Literarias y Métrica
El poema es rico en recursos estilísticos. Predomina la metáfora ('Tu corazón fue líquida mirada', 'manzana' como símbolo de vida), la personificación de la tierra y el uso de epítetos potentes ('gigante paridora', 'devoradora'). Destaca el uso de la aliteración y la sinestesia, que ayudan a construir atmósferas sensoriales. En cuanto a la métrica, el poema emplea versos libres de gran musicalidad, alternando ritmos pausados con enumeraciones caóticas que imitan el movimiento de la creación. La estructura se apoya fuertemente en el encabalgamiento para enfatizar la continuidad de los ciclos naturales.