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Cantos de la confrontación (III)

Ay, los de siempre habrán de repetir hasta la saciedad aquello de que toda debilidad tiene en nosotras su morada. No creas una palabra. Nadie le otorgaría la pesada contienda que libramos contra la muerte a manos menos diestras, a cuerpos menos fuertes, a mentes menos claras. Somos las que libramos al futuro de la aniquilación total y del abismo. Por nosotras la historia sigue el curso y las estirpes desmienten el naufragio. Pero, además, la vida nunca yerra su curso, ni en sus sabias razones se equivoca. Nadie tiene derecho a despreciarnos, ni a definirnos un destino por la tormenta que nos bulle debajo de la piel, ni a reducirnos a repetir sin pausa los cabellos de Circe, la belleza de Helena, la esclavitud largamente elogiada de Penélope o el destino de Juana, muerta en la hoguera por defender un reino que era ajeno. Condenadas a una fertilidad de piel y sangre ¿nadie gritó en el día de la mutilación? ¿Es porque la otra herida no sangra que han creído que no fuimos castradas? No busquen en el himen la mancha del oprobio. El alma nunca sangra y el espíritu herido deja el vestido intacto. En blancos algodones, envuelta en el sudario de la resignación, no puede la conciencia gritar su descontento. Engordaron la víctima, cebaron a la bella borrega del festín. Ahora, cuando a veces nos quisieran pensantes los inconsecuentes de siempre, por Dios, ¿de qué se quejan?
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