Allá, donde los caminos se borran,
Donde acaba el silencio,
Invento...
La mente que me concibe,
La mano que me dibuja,
El ojo que me descubre.
Invento al amigo que me inventa,
Mi semejante...
Contra el silencio y el bullicio invento la Palabra,
Libertad que se inventa y me inventa cada día.
Octavio Paz
Desmayarse, atreverse, estar furioso...
I
Me llueve, me recorre, me derrama
Mi piel en fuego líquido convierte;
Me asesina, me salva de la muerte,
Mi ser todo edifica y desparrama.
Me besa, me abandona, me reclama,
Juega a los dados con mi propia suerte.
Rebelde, dócil, insumisa, fuerte:
Me corta a la medida de su drama.
Pero a pesar de todo, estoy segura,
A pesar de distancias y despegos
Que nadie más enciende su ternura.
Vamos así viviendo entre dos fuegos,
Fundidos en la misma quemadura
Y en una sola luz dejados ciegos.
II
Beso la curva dulce de tu frente,
La boca donde el gozo está escondido;
Gruta de la palabra y el gemido
Con que abreva el deseo su corriente.
Beso tu barba donde se arrepiente
La luz de andar por bosque renacido
Y recorro el collado oscurecido
De tu pecho latiendo indiferente.
Beso la oculta, plácida cintura
Y el breve abismo que dejó tu ombligo
Sobre el vientre y su cálida llanura.
De la dicha en el íntimo postigo
Se me detiene el labio y su aventura
Por si alargo el placer y su castigo.
III
Silencio de la luz, sílaba oscura,
En ti el tiempo se encarna en polvo herido
Y cautivos, el ojo y el oído
Son el perfil del fuego y su figura.
La lengua de la llama su dulzura
En ti pronuncia con vocablo ardido,
Y en ese beso cruel, brasa y sonido
Dan al labio su goce y su tortura.
Tu caricia su lengua sensitiva
Afila en temerario, oculto diente
Cuya espuma triunfal su ardor derriba.
Y en ese frágil, taciturno puente
Salva el instante la belleza viva
Y en el sonido su pasión convierte.
IV
Vivimos en el fondo de la llama,
Habitamos el círculo del fuego,
Somos el sol oscuro, el ojo ciego
Y el vino que su incendio desparrama.
Ebriedad que conoce aquel que ama
Y que hambriento agoniza sin sosiego:
Heredad que persigue el andariego,
Sed que en un labio oculto se derrama.
Muerdo la carne que me tiene presa
Y me libera con su llama viva,
Fuego que anega todo lo que besa.
Y el eco de mi lumbre fugitiva
Hará perenne la sutil pavesa
De mi carne fugaz y sucesiva.
V
Puente de labios, cada beso nace
Y estalla, como la ola, en tu ribera;
Y no hay palabra en la que quepa entera
La llama en que ese vínculo se abrase.
Su lengua en otro labio bebe y pace:
Ascua, fuego, pavesa, lumbre, hoguera
Alimentan la sed y la quimera
Donde su hundido mástil arde y yace.
Abandonado a su tenaz ventura,
La doble luna su marea guía
Que mengua y crece con su luz oscura.
Y en su denuedo encuentra rauda vía
Para trazar la página futura
De una nueva y humana geografía
VI
Dame tu mano, amor, que vengo herida
No de espina sin fin, sino de rosa.
Dame tu mano donde el sol reposa
Y brota la ternura renacida
Dame tu mano: el agua embellecida
Por esta sed urgente y ardorosa
Con que la ausencia viene, hiere, acosa
Y deja a mi razón loca y vencida.
Dame tus manos, boca, pecho, frente
A salvo de distancias y de olvido
Que tu palabra, amor, no es suficiente.
Déjame que mi tacto se haga oído,
Que tu cuerpo su propio idioma invente
Y lo convierta en canto sumergido.
Valle de Panchoy, enero del 2001.
📖Reseña y Análisis Literario
En 'Donde acaba el silencio', Carmen González Huguet despliega una lírica erótica y metafísica que explora la dualidad de la pasión amorosa como un fuego purificador y destructor a la vez. A través de seis cantos, la autora cartografía el cuerpo del amado y la experiencia del deseo, utilizando una atmósfera cargada de sensorialidad. Los poemas evocan emociones que transitan entre la entrega absoluta y la fragilidad del instante, sugiriendo que el amor es un lenguaje propio, más allá de la palabra articulada. El silencio, presentado como un vacío necesario, es constantemente llenado por el tacto, el beso y la llama, elementos que transforman la geografía física del amante en un territorio sagrado. El yo lírico se muestra vulnerable pero soberano, reconociendo en el otro un espejo donde se inventa y se reconstruye. La obra es un viaje introspectivo hacia la profundidad del encuentro humano, donde la caricia se convierte en una forma de conocimiento y la unión física trasciende la finitud. La constante referencia al fuego, la luz y la sombra subraya la naturaleza efímera del éxtasis amoroso. En definitiva, es un poemario que celebra la intensidad de la vida frente a la nada, donde el lenguaje poético se vuelve el único vehículo capaz de nombrar lo inefable del deseo, dejando claro que el vínculo amoroso es una creación mutua y eterna que desafía el olvido.
🏛️Contexto Histórico
Escrito en el Valle de Panchoy, Guatemala, en enero de 2001, el poemario refleja una etapa de madurez lírica de la autora salvadoreña. En el cambio de milenio, la poesía centroamericana buscaba nuevas formas de subjetividad y erotismo. La obra dialoga con la tradición mística española (como San Juan de la Cruz) y la intertextualidad de Octavio Paz, situándose en un momento donde la introspección personal cobraba fuerza frente a las temáticas políticas del siglo XX en la región.
✍️Figuras Literarias y Métrica
La obra destaca por un uso magistral del soneto clásico, manteniendo una estructura rigurosa de endecasílabos con rima consonante. Emplea metáforas recurrentes como el fuego, las brasas y la llama para representar el deseo. La sinestesia es un recurso fundamental: 'canto sumergido' o 'silencio de la luz'. Se observa una personificación del deseo y la ausencia, dotándolos de voluntad propia. Además, el poema utiliza anáforas constantes y encabalgamientos que otorgan ritmo y tensión dramática a la narrativa erótica, creando una musicalidad interna que imita el latido y la respiración del acto amatorio.