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Poema.es

El grito

Un grito,           un grito,                     un grito más duro que el dentado cuerno curvado del dorado escarabajo mimetizado entre las cañas de oro; más invasor que el espino en los jardines de los abuelos intestados; más veloz que el arpón del asesino que vuela sobre las aguas y se clava en ellas mudándolas en paño de menstruas; más hambriento que el graznar de las gaviotas rabiosas sobre las aguas horras de peces; más sordo que el sollozo de la mujer pobre ante la alcancía vacía; más impaciente que el orín sobre la cuchilla homicida; más lancinante que el gemido del niño asaltado en su sueño por las altas, negras fantasmas de su propio futuro; más fatídico que el estridor de las llantas repentinamente frenadas sobre el pavimento de cemento y sobre un cuerpo ya muerto; más lúgubre, ¡ay!, más lúgubre que el aullido del perro cuando pasa la sombra que nadie ve: ni Hamlet, ni Horacio, roídos por el frío. Un grito,           un grito,                     un grito sin la esperanza de la parturienta, sin el orgullo de los Héctores vencidos, sin la blasfemia roja del rebelde, sin el blanco reniego del suicida, sin la muda protesta del mártir, sin la ira tartamuda del recluta, sin el estertor del pocero silicoso, sin el terror de quien pierde la vida, sin el vagido pánico de quien nace a la vida: un sofocado,       intolerable,                 inútil                       grito que nadie escucha, sino yo. Como vampiro pascuano hecho de musgo, terciopelo y sombra, anda revoloteando entre mis sienes, saltándome los ojos, trepanando mi nuca, envenenando mis venas, haciendo astillas mis nervios... Anda, en sus giros, petrificados mis músculos, poniendo azul mi vientre, asaltando mi corazón... y mis labios sellados. Un grito,           un grito,                     un grito: por qué,                 para qué,                                   para quién,                                                         de dónde viene ese grito que nadie escucha, sino yo? ¡La muerte sólo, acaso, me lo diga!