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Don Juan en el jardín

La mitad de las chicas con las que me he acostado eran lesbianas. He querido a mujeres con las que días antes no me hubiera atrevido ni a soñar. No sé, les atraía mi aspecto de vampiro que bebe la sangre entre sus piernas, de adolescente enfermo que mira fijamente, tiene oscuras costumbres y el pulso tembloroso. Yo no era un gran amante pero eso no importaba. A menudo, en mitad de una noche de copas o de hogueras o en mañanas inmensas en que nadie parece querer irse a comer, he sabido de pronto que los dos a la vez descorremos el velo. Era siempre una amiga y añadiré que tengo una fe inquebrantable en las ventajas de la asi- duidad. (Porque en ojos abiertos como libros tiene gracia leer también, mientras su mano cruza el mantel del mundo hacia mi mano). De cualquier forma, uno no sabe nunca cómo ha ocurrido todo, cuáles son las razones que la animan a ella y eso de la ocasión que pro- sigue al deseo, y he llegado a mi casa muchas noches oliéndome aún incrédulo las manos y los labios. Pienso en cuartos prestados, mientras enero empaña los cristales, y un lugar junto a un río y un portal de paredes desconchadas en Palacio Valdés, un libro dedicado y una nota furtiva entre los dedos, los sonetos y el humo de las noches y la peca estratégica y el adorno del vello en vientres blancos, blancos: escenarios, reliquias que atesoro con la codicia de un ladrón de espejos, diciéndome a mí mismo -y es mentira- que nunca abarataba todos aquellos besos que en el fondo jamás he merecido. Las mujeres (haciéndonos regalos), qué extrañas las mujeres. Incluso si miramos atrás, a donde pacen como sanos corderos los primeros recuerdos de las niñas. Olían siempre bien, te gustaban sus juegos con canciones y sus cabe- zas juntas contándose quién sabe. Hay un jardín de niñas en la memoria de todos nosotros; simple- mente nosotros no teníamos un maldito jardín sino un patio con grava y porterías, y de ahí ser brutales y levantar las faldas de las chicas de 8º y escu- pir en el suelo mientras las niñas corren. Luego pasan los años de mal entendimiento y palabras difíciles; las chicas nos enseñan lo que saben y nosotros creemos que ya hemos ocupado su jardín. Nos han dejado entrar pero no es nuestro. Se desnudan delante de nosotros, respiramos su olor y dejamos en ellas la alegre convulsión del perro amaestrado, pero volvemos solos a ese patio con grava donde nosotros no somos mujeres. A dos velas, heridos de tener todo y nada. Y por eso quisiera ser mujer en alguna otra vida o en un sueño posible y aprender el secreto. No sé por qué se acuestan con los hombres -se tienen a sí mismas- si después tan sólo nos instruyen en lo más evidente. Aunque luego -lo admito- yo mismo me he acostado con unos cuantos hombres, y he recordado siempre lo que aprendí con ellas: presta mucha atención a las cosas pequeñas que adornan cualquier cuerpo e, igual que en casa, cómetelo todo.

📖Reseña y Análisis Literario

El poema 'Don Juan en el jardín' de José Luis Piquero es una meditación cruda y confesional sobre la alteridad, el deseo y la imposibilidad de una comunión absoluta entre los sexos. Piquero deconstruye el mito del seductor clásico, presentándolo no como un conquistador triunfante, sino como un sujeto vulnerable y perpetuamente insatisfecho. El 'jardín', símbolo de la intimidad femenina, actúa como un espacio vedado al que el hablante lírico accede solo como un intruso consciente. La obra transita desde la biografía amorosa —marcada por la extrañeza y el asombro— hacia una reflexión ontológica sobre la brecha insalvable entre el universo masculino y femenino. El poeta utiliza una introspección descarnada, casi cínica en momentos, para subrayar su propia soledad tras el encuentro erótico. La emoción predominante es la nostalgia de una plenitud negada, donde el sexo funciona como un intento fallido de acceder a un conocimiento o a una complicidad que le resulta ajena. En última instancia, el poema se revela como una elegía a la incomunicación y un reconocimiento de la superioridad emocional de 'las mujeres', a quienes el autor observa con una mezcla de envidia, fascinación y una melancólica resignación ante su propia naturaleza.

🏛️Contexto Histórico

José Luis Piquero se inscribe en la tradición de la poesía española contemporánea de finales del siglo XX y principios del XXI. Su obra a menudo se etiqueta bajo la sensibilidad de la 'poesía de la experiencia', aunque con un matiz más sombrío, introspectivo y biográfico. El poema refleja la transición hacia una masculinidad que cuestiona los roles tradicionales heredados, enmarcada en una España secularizada donde el deseo y la identidad sexual se exploran sin los corsés morales de generaciones previas, priorizando la verdad emocional del individuo frente a cualquier idealización romántica.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema se estructura en verso libre, con una métrica irregular que favorece un tono de conversación íntima o monólogo confesional. Entre las figuras destacadas, encontramos: 1. Metáfora: 'ladrón de espejos' para definir la codicia por retener recuerdos ajenos. 2. Antítesis: el contraste constante entre el 'jardín' (símbolo de lo femenino, delicado y enigmático) y el 'patio con grava y porterías' (lo masculino, brusco y carente de misterio). 3. Símil: 'como sanos corderos' al referirse a la infancia. 4. Imagen sensorial: 'el humo de las noches' y la 'peca estratégica', elementos que anclan el deseo en la realidad física de los objetos y cuerpos. La estructura narrativa es fragmentaria, utilizando encabalgamientos que enfatizan el ritmo vacilante y reflexivo del hablante.

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