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Sala de disección

Un cadáver puede provocar una filosofía del ensimismamiento, sin embargo los estudiantes admirablemente estaban entusiasmados con su muerto, lo rodeaban y discutían con fervor la anatomía de ese cuerpo de piel coriácea. Yo aprendía otra lección: la vida y la muerte no se meditan en una mesa de disección. Los estudiantes me previnieron que iban a extraer el cerebro. Permanecí con ellos: a veces soporto lo siniestro sin perturbarme demasiado. No hay sofisticación instrumental para retirar un cerebro, una modesta sierra de carpintero cortó el cráneo a la altura de las sienes, luego sumergieron el órgano mítico en un frasco lleno de formol. Yo me dediqué a observarlo, solo, en otra mesa mientras los estudiantes seguían cotejando su denso libro con el muerto. Sorpresivamente una burbuja brillante brotó del interior del cerebro como un mensaje venido de la otra margen, y no había boca que lo pronunciara. No había boca. La burbuja, muda, se deshizo en ese aire levemente podrido.