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Las confesiones de don Quijote

Casi nadie me llama por mi nombre, vulgar y cotidiano como la rebeldía. Prefieren otorgarme la nobleza ridícula que yo mismo elegí, el título de un pobre caballero, de una triste ilusión, y me recuerdan hoy por el delirio de mis noches, alunado, valiente en la cabalgadura de los sueños al confundir gigantes y molinos. No les resulta fácil convivir con el nombre de las cosas. El dolor y el desvelo convierten los rebaños en batallas, las cuevas en enigmas y la fealdad inhóspita en belleza. Hermosa y respetable es la locura, como la débil caridad del sueño, hasta que descubrimos las razones del Duque, que invita al soñador y hace volar al loco para fundar las normas de su corte, las risas y los pleitos que pudren corazones cortesanos. Y ya no somos sombras, sino cuerpos sin sombras, ojos sin nadie que viven en un reino de fantasmas y han borrado las huellas de sus nombres con un guante de plástico, prendidos al vacío, entre rosales pulcros y espinas bien cortadas, como el jardín de un manicomio. Madreselvas y lilas alrededor de las preguntas y de las soleadas canciones de los médicos. Soy Alonso Quijano. Yo recordé mi nombre en Barcelona, después de ver el mar, de visitar la imprenta y descubrir la farsa de mi vida en la hospitalidad de los que hoy repiten sin saberlo aquel destino por el que me humillaban. Fui derribado por mi propia burla, cuando el azul del mundo, en vez de gallardetes y clarines, gastó la realidad de una palabra para contar la arena de los duelos perdidos con los representantes de la luna. Esta tare de junio y de San Juan, en esta solitaria habitación de hotel que nos buscó el azar de la poesía, regreso a Barcelona, a importunarte con mis confesiones, porque sigues ahí, en lugar de la ficción, suspenso una vez más, delante del papel, con el bolígrafo apuntando al cielo, la mano en la mejilla y el codo en el bufete. Porque resulta hermosa y respetable la caridad del sueño, se han celebrado mucho mis hazañas. Pero si quieres verme, más allá de los himnos de mi triste figura, y saber cómo fui en el paisaje oscuro de mi tiempo, o cómo soy ahora entre las libertades de tu siglo, abre el balcón y asómate a las Ramblas. Pasa la multitud, cumple la historia de sus mercados y sus oficinas. Hay hombres y mujeres que cambian de argumento al detener un taxi, besos que sólo con una frontera para volver a un domicilio, colecciones de barcos que se olvidan en una mesa de café y gentes consagradas a fundirse bajo la luz ambigua en la llanura de sus movimientos. No montan el caballo de los héroes, pero están convencidos de su programación, de sus constituciones y sus leyes, igual que yo creí en mis novelas de caballería. El retablo del mundo sustituye las noches por la historia medida de las noches, y la luz de los ojos por la sed de las cámaras, y la piel por un hueco que las manos dibujan en el aire. Exígeles a la vida que te enseñe a distinguir el mar del oleaje que expulsa los desechos junto a las caracolas. Al llegar a mi aldea quise apretar el campo con los dedos hasta sentir su araña al lado de mi nombre, la tarde que resiste en cada sílaba dorada por la lluvia y el sol de la experiencia. Volver será el oficio del amor, incluso en un lugar impertinente. Regresa tú también, aprieta con tus manos el silencio del último rencor hasta sentir la caracola que ha guardado la culpa y la inocencia junto a la voz del mar, esta canción añil de los saludos y el adiós que todavía compartimos. Y que tu soledad camine por la casa, vuelva de cuarto en cuarto dejándose las luces encendidas, por si alguien las ve, y no quiere apagarlas, y pregunta la historia que han escrito en su rostro, las huellas de su nombre vulgar y cotidiano como la rebeldía. Como la rebeldía de la gente que se atreve a vivir fuera de las haciendas encantadas.