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De mis días tristes

Quedo, muy quedo penetré a tu alcoba y ahogando el rumor de mis pisadas. avancé... Ya la luz desfallecía. El aposento sumergido estaba en una claridad tenue y dudosa; y era esa claridad así tan lánguida como la suave luz de tus pupilas cuando mi boca febriciente y ávida muerde la dulce carne de tus labios... Entonces languidecen tus miradas con desfallecimientos de crepúsculo. En el limpio cristal de la ventana agonizan reflejos purpurinos y las sombras germinan en la estancia. como un florecimiento de tristezas en los pliegues recónditos de un alma. Flota un vago perfume... Así el perfume de tu alma de mujer enamorada. Así tan leve, así tan vago... Acaso este perfume delicioso es tu alma! Acaso este perfume es el espíritu de aquellas pobres rosas deshojadas que por buscar el sol del vaso huyeron y sin sol se quedaron y sin agua... Acaso este perfume delicioso así tan leve, así tan vago, es tu alma! Aquí la mesa pequeñita en donde llorando escribes tus amantes cartas: allí tu traje rosa, cuya seda el tibio aroma de tu cuerpo guarda; allá en el muro, hundida en la penumbra, la silueta borrosa de una santa; acá el vacío espejo de Venecia como un pozo de sombra, y de la estancia en un ángulo oscuro, el blanco lecho, como un altar de albura inmaculada! De rodillas caí junto a aquel lecho y convulso de amor besé la almohada, y el tibio aroma de tu carne virgen busqué, besando las revueltas sábanas que ajé ardorosamente en mi locura... Y hallé las dulces huellas que buscaba y el tibio aroma de tu cuerpo amado llegó hasta el fondo mismo de mi alma. Y lloré de placer y de amargura, y amoroso besé, mordí con rabia y fué un delirio enorme y angustioso... Temblé. Miré en redor y mi mirada se hundió en la negra sombra de la noche. Sentí fuego en los ojos... Eran lágrimas. Tambaleando salí, como un demente, y abierta y sola se quedó tu estancia...