Más borroso que un velo tramado por la lluvia sobre los ojos de la lejanía,
confuso como un fardo,
errante como un médano indeciso en la tierra de nadie,
sin rasgos, sin consistencia, sin asas ni molduras,
así era tu porvenir visto desde las instantáneas rendijas del pasado.
Sin embargo detrás hay un taller que fragua sin cesar tu muestrario de
(máscaras.
Es un recinto que retrocede y que te absorbe exhalando el paisaje.
Allí en algún rincón están de pie tus primeras visiones,
y también las imágenes de ayer y aun los espejismos que no se condensaron,
más las ciegas legiones de fantasmas que son huecos anuncios todavía.
Entre todos imprimen un diseño secreto en las alfombras por donde pasarás,
muelen tus alimentos de mañana en el mortero de lo desconocido
y elaboran en rígidos lienzos los ropajes para tu absolución o tu condena.
Cambia, cambia de vuelo como ráfaga del enjambre bajo la tormenta.
Un soplo habrá disuelto la reunión;
un soplo la convoca en un nuevo diseño, junto a nuevos ropajes y
(y nuevos alimentos.
¡Qué viento de formas al acecho de un molde desde el principio hasta el final!
Palmo a palmo, virando de un día a otro fulgor, de una noche a otra sombra,
llegas con cada paso a ese lugar al que te remolcaron todas las corrientes:
una región de lobos o corderos donde erigir tu tienda una vez más
y volver a partir, aunque te quedes, aspirado de nuevo por la boca del viento.
Es esa la comarca, esa es la casa, esos son los rostros que veías difusos,
fraguados en el humo de la víspera,
apenas esculpidos por el aliento leproso de la niebla.
Ahora están tallados a fuego y a cuchillo en la dura sustancia del presente,
una roca escindida que ahora permanece, que ya se desmorona,
que se escurre sin fin por la garganta de insaciables arenas.
Entre la oscilación y la caída, si no te deslizas hacia delante, mueres.
Apresúrate, atrapa el petirrojo que huye, la escarcha que se disuelve
(en el jardín.
Somételos con un ademán tan rápido que se asemeje a la quietud,
a esa trampa del tiempo solapado que se desdobla en antes y en después.
Sólo conseguirás un presagio de plumas y un resabio de hielo.
A veces, pocas veces, un modelo para los esplendores y las lágrimas de
(tu porvenir.
¿Y qué fue del pasado, con su carga de sábanas ajadas y de huesos roídos?
¿Es nada más que un embalaje roto,
una mano en el vidrio ceniciento a lo largo de toda la alameda?
¿O un depósito inmóvil donde se acumulan el oro y las escorias de los días?
Pliega las alas para ver.
Esa mole que llevas creciendo a tus espaldas es tu albergue vampiro.
No me hables solamente de un panteón o de algún tribunal embalsamado,
siempre en suspenso y hasta el fin del mundo.
Porque también allí cada dibujo cambia con el último trazo,
cada color se funde con el tinte de la nueva estación que viene,
cada calco envejece, se resquebraja y pierde su motivo en el polvo;
pero el muro en que guardas estampadas las manos de la infancia
es ese mismo muro que proyecta unas manos finales sobre los muros
(de tu porvenir.
¿Y acaso ayer no asoma algunas veces como marzo en septiembre y
(canta en la enramada?
Todo es posible cuando se desborda y rehace un recuento la memoria:
imprevistas alquimias, peldaños que chirrían, cajones clausurados
(y carruajes en marcha.
Sorprendente inventario en el que testimonian hasta las puertas sin abrir.
Hoy, mañana o ayer,
nunca ningún refugio donde permanecer inalterable entre la llama y el carbón.
Los oleajes se cruzan y conspiran como los visitantes en los sueños,
intercambian espumas, cáscaras, amuletos y papeles cifrados y jirones,
y todo tiempo inscribe su sentencia bajo las aguas de los otros tiempos,
mientras viajas a tumbos en tu tablón precario
justo en el filo de las marejadas.
Pero hay algo, tal vez, que logró sustraerse a las maquinaciones de los años,
algo que estaba fuera de la fugacidad, la duración y la mudanza.
Guarda, guarda esa prenda invulnerable que cobraste al pasar
y que llevas oculta como un ladrón furtivo desde el comienzo hasta el futuro.
Estandarte o sortija, perla, grano de sal o escapulario,
describe una parábola de brasas a medida que te aproximas,
que llegas, que te alejas:
tu credencial de amor en la noche cerrada.
📖Reseña y Análisis Literario
En 'Andante en tres tiempos', Olga Orozco despliega una meditación metafísica sobre la naturaleza del tiempo y la identidad humana. La autora concibe el porvenir no como un destino estático, sino como un 'taller' donde se fraguan máscaras y realidades en constante mutación. A través de un lenguaje denso y visionario, el poema explora la tensión entre el pasado —entendido como un depósito de experiencias y espectros— y un presente efímero que se desmorona perpetuamente. La voz poética articula una angustia existencial ante la inestabilidad de la vida, retratada como un viaje precario sobre el filo de las marejadas. No obstante, el poema transita de la desolación a la búsqueda de una esencia inalterable, esa 'prenda invulnerable' o 'credencial de amor' que trasciende la fugacidad del devenir. La obra evoca una atmósfera onírica y hermética donde el sujeto lírico intenta aprehender lo inasible: la memoria, el destino y la permanencia del ser frente al desgaste de las estaciones. Es, en última instancia, una reflexión sobre la lucha del hombre por dotar de sentido a su existencia mientras es arrastrado por el viento implacable del tiempo.
🏛️Contexto Histórico
Olga Orozco (1920-1999), figura central de la lírica argentina, vinculada generacionalmente al surrealismo tardío y a la estética neorromántica, escribió en un periodo donde la poesía hispanoamericana buscaba trascender la vanguardia hacia una expresión más introspectiva y metafísica. Esta obra refleja la obsesión de la autora por el esoterismo, el tiempo cíclico y la reconstrucción de la identidad a través de la palabra, temáticas que marcaron su madurez creativa en las décadas de los setenta y ochenta, alejándola de las contingencias políticas inmediatas para situarse en una dimensión atemporal.
✍️Figuras Literarias y Métrica
El poema se estructura en versículos de aliento libre, prescindiendo de una métrica rígida para enfatizar el ritmo errante del pensamiento. Orozco utiliza una profusión de metáforas complejas, como el 'albergue vampiro' para representar la carga del pasado o el 'taller que fragua' el porvenir. Destacan los símiles ('como médano indeciso', 'como ráfaga') que otorgan plasticidad a conceptos abstractos. El uso constante de la anáfora y el encabalgamiento, junto con la repetición de verbos en imperativo ('Cambia', 'Apresúrate', 'Guarda'), subraya la urgencia del discurso. Asimismo, se emplea la personificación de elementos naturales, como el 'aliento leproso de la niebla', reforzando la atmósfera gótica y visionaria característica de su poética.