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Pequeñeces dichas a veces

I Marcia, Te digo, Que tenemos diez años de amarnos Y ver la mesa en el hogar Servida; Que muchos Por no tener mesa Han perdido la fe en el amor... (Parque Cuscatlán, 1967) II Marcia, te digo: Tú jamás entenderás Por qué comparto el corazón entre Marcia Y los demás Que nadie llama a compartir... (Bajo el monumento a la Revolución, 1966) III A veces parezco un viejo perro enfermo. Siento que es la patria un gran solar Donde no quedan huesos que roer... (Café Latino, 1967) IV Tus ojos me recuerdan Al cristo negro de Esquipulas Porque tienen el sabor De aquellos azucarones envueltos En hojas de mazorca pintadas Que traía mi tía cada vez Que regresaba de peregrinar... (Primera noche, 1966) V Hay en Atecozoli Aguas que bajan con aromas Frescos de hojarasca Y quejidos de campesinos Muertos allí el 32. (Sala de Cirugía del tórax, Hospital Rosales, 1967) VI A veces me preguntas por qué me quieres tanto. Será porque ninguno te ha enseñado Como se entregan flores sin cortarlas, O porque nunca oíste a nadie Decir adiós a un perro, O porque siempre arruino los relojes, O tropiezo en las aceras y temes me atropellen, O porque en vez de hacer castillos Hago ranchos en la arena, O porque te das cuenta que me vuelvo cuerdo Al oírte decir que no te explicas Por qué me quieres tanto. (En el baño)

📖Reseña y Análisis Literario

En 'Pequeñeces dichas a veces', Rafael Mendoza despliega un ejercicio de introspección lírica donde lo cotidiano se entrelaza con la memoria histórica de El Salvador. El poemario funciona como una bitácora fragmentada, capturando momentos de intimidad doméstica con Marcia y contrastándolos con la crudeza del contexto sociopolítico de finales de los años sesenta. La obra oscila entre la ternura del vínculo amoroso —visto como refugio y sustento— y la desolación del intelectual ante una patria herida por la violencia, la precariedad y el eco de los eventos trágicos de 1932. Mendoza utiliza lo 'pequeño' como una categoría estética; no busca grandes épicas, sino el detalle sensible —el aroma de la hojarasca, el sabor de los azucarones, el desorden del amante— para articular una visión del mundo profundamente humana. El autor se presenta como un sujeto vulnerable, consciente de su finitud y de la fragilidad de sus afectos. La emotividad del texto radica en esta tensión: el amor es el eje que permite la lucidez frente al horror. Es, en esencia, una elegía a la cotidianidad compartida frente a la erosión de una realidad nacional que amenaza con devorar la esperanza y los huesos de sus habitantes, consolidándose como un testimonio vital donde el yo lírico intenta, con precariedad, mantener la cordura en medio de la adversidad.

🏛️Contexto Histórico

La obra fue escrita en un periodo de alta tensión política en El Salvador (1966-1967). El autor, inmerso en la bohemia y la agitación social de San Salvador, refleja el desencanto de una generación que vivía a la sombra de la dictadura militar y el recuerdo de la insurrección campesina de 1932. La mención de lugares icónicos como el Hospital Rosales o el Parque Cuscatlán sitúa al lector en una geografía urbana cargada de memoria histórica, donde lo privado es inseparable de lo público.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El autor emplea principalmente el verso libre, prescindiendo de una métrica rígida para privilegiar el ritmo coloquial. Destaca la 'sinestesia' en la descripción del Cristo de Esquipulas, uniendo lo visual con el sabor de los azucarones. Se observa el uso de la 'metáfora' en el verso donde el país es un 'gran solar' despojado de sustento, representando la desolación nacional. La 'anáfora' es recurrente en el último apartado para enfatizar la entrega del amante, mientras que el 'símil' se utiliza eficazmente para comparar su estado emocional con el de un 'viejo perro enfermo', subrayando una sensación de decadencia y abandono.

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