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El sermón de la montaña

Los austeros templos aquejados de severidad absoluta vestidos de estuco, pan de oro y mármol con sus ángeles enanos impúdicos y asexos cantando en extraño concierto barroco y las imágenes adustas desnudas de sonrisas de ojos severos cual gárgolas siniestras parecen querer treparse por mis pecados culposos terminan por asfixiarme en una claustrofobia mística, preferiría que los altares ceremoniales salieran de su encierro y que la palabra tuviera sabor a hierba fresca y se diera en lo prosaico de un campo cualquiera bajo algún ceibo frondoso o junto a un espejo de agua mansa donde se beba el aire para que perfume el pecado y donde la palabra llegará más rápido a su destino sin mediadores innecesarios es tiempo de volver al sermón de la montaña.